OBITUARIO

La delantera de otro mundo

“Lito” Silva entró en un ataque lleno de estrellas: ahora están todos en el cielo.

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Lito Silva

Había que tener algo, no sólo la capacidad de hacer goles para entrar en aquella delantera: Abbadie, Rocha, Sasía, Spencer y Joya.

Es cierto, quizá, por ahí el lugar definitivo se lo facilitó el propio "Pepe", pícaro y "genioso", a partir de aquella tierrita que le tiró en los ojos a Miguel Santoro, el arquero de Independiente, y le valió una expulsión que mucho se vinculó a la derrota que sufrieron los aurinegros en Avellaneda, en el marco de una semifinal de la Libertadores, aún cuando antes le había salido bien con el Santos en la misma Copa; pero Héctor Silva estaba ahí, como en el área, con un estilo particular: sin ser genial, fino, propenso a proponer y devolver paredes, a definir no por velocidad, fuerza y potencia, sino con precisos toques.

Eso, al fin y al cabo, hizo que Danubio lo llevara de Canillitas, y que Peñarol se lo comprara en 1963 al equipo de la Curva de Maroñas, en el que fue un fiel más en ese templo del buen trato de pelota donde entonces, tanto o más que ahora, se profesaba la misma religión que en los "potreros" de los alrededores.

Así, pues, "Lito" —ya en el medio de una ofensiva integrada por fenómenos— salió tres veces campeón uruguayo, y una de América y del mundo; de igual manera que fue al Mundial del 62 con la selección, jugó el del 66 y tal vez no llegó al del 70, donde a Uruguay le faltó justo un "9", porque lo fracturaron en un partido de "la Celeste" contra Paraguay en el hoy estadio "Defensores del Chaco", todavía llamado Puerto Sajonia.

Sutil, oportuno, estililizado como su físico enjuto, "Lito" Silva tuvo otra particularidad: era capaz de llegar desde un poco más atrás, no siempre en punta, para aparecer donde las "papas queman" en el momento justo, lo que tal vez le valió ir a jugar a Palmeiras y Portuguesa; o sea, a Brasil en tiempos en los que el fútbol-fuerza no entraba con ningún tipo de pasaporte.

Incluso, no era veloz, ni con ni sin pelota, pero sí rápido de mente, vivo futbolísticamente hablando. A quienes lo conocían tal vez le suene hasta irónico, pero resulta gráfico: considerado cariñosamente como un gran "amarrete" en la interna de los planteles de aquel Peñarol de los 60, "Lito" triunfó adentro de la cancha, también, por ser muy "gasolero" con sus movimientos; sin hacer un gran despliegue de carácter físico, porque eso no era lo suyo, les sacaba jugo: un rédito que se traducía en goles.

En ese sentido, quizá pueda decirse que vivió como jugó, porque su cordial don de gente, sencillo pero desenvuelto para las relaciones públicas, es que el buen pasar que fue edificando en los años que las estrellas de Peñarol ganaban tanto como las del fútbol de Europa, terminó por multiplicarse en Brasil, desde donde regresó convertido en un próspero empresario de la industria aumotriz, algo que le aseguró el futuro.

"Lito" murió ayer. Su corazón se detuvo. No fue un día más, y no sólo por el hecho luctuoso: a partir del 30 de agosto de 2015, uno de los ataques más fabulosos de la historia de Peñarol, pasó a ser en términos reales una delantera de otro mundo; porque ahora, incluido "Pepe" Sasía, están todos en el cielo: Abbadie, Rocha, Silva, Spencer y Joya.

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