WANDERERS

Damián Macaluso: el último de los gladiadores

"Siempre fui igual en todos los equipos. Capaz que juego así por la carencia que tengo en lo técnico. Lo trato de suplantar con eso otro. A mí me tocó ser más el luchador que el de la técnica”, dijo el zaguero quien sufrió doble fractura de órbita en la ida con Corinthians e igual jugó la revancha.

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Conforme. Así está Macaluso con lo que fue su carrera. Foto: Francisco Flores. 

Damián Macaluso acababa de dejar la redacción de Ovación. “¿Maca ya se fue?”, preguntó desesperado un periodista político hincha fanático de Peñarol. Y se tiró escaleras abajo a ver si lo alcanzaba. No tuvo suerte, pero el hecho demuestra lo que los hinchas carboneros sienten por él.

Es que Macaluso es un gladiador, un futbolista de gran entrega, que deja el alma en cada pelota. Y eso es algo que los hinchas, sean de Peñarol, de Wanderers o de cualquiera de las 15 instituciones que el zaguero defendió en su carrera, valoran.

Macaluso sufrió en el partido de ida por la Copa Sudamericana entre Wanderers y Corinthians doble fractura de órbita de su ojo izquierdo. Los médicos le dijeron que no podía jugar la revancha, pero él lo hizo igual aclarándoles que asumía los riesgos y la responsabilidad. Jugó con una máscara para evitar golpes en la zona, la misma con la que entrena y la que debe seguir utilizando. Es que hay que ver como evoluciona; aún no se descarta una operación.

“Eran las ganas de estar más que nada por cómo se habían dado las cosas en el primer partido. Y además teníamos muchas bajas en el equipo. Y había que estar”, explicó el defensa que apenas llegó de Brasil tuvo que ir al sanatorio y ser revisado por cirujanos. Ya ese día les preguntaba si iba a poder estar en la vuelta. “Todos me decían que no, que era una locura”.

Cuando vio la jugada de su lesión por televisión, le pareció increíble. “Él no me vio. Los dos intentamos llegar a la pelota. Me aplastó la cabeza, me arrastró contra el piso. Su caída se amortiguó con mi cabeza, con mi cara. Y la sensación que tuve fue que se me había salido el ojo, porque sentía vacío. Pensé que era peor de lo que fue”, contó sobre Manoel, que se lo encontró en el túnel, se disculpó y se interesó por su situación.

No admite que la suya es una especie en extinción dentro del fútbol, pero reconoce que las cosas han cambiado. “Ahora es muy difícil ver jugadores que toleren el dolor, algún golpe o alguna lesión. Son otros tiempos, otra crianza. Así como nosotros nos criamos de otra forma que los de antes. Y no digo que esté mal que se cuiden más, que salgan enseguida de un entrenamiento ante cualquier golpe. A veces le digo a mis compañeros que traten de disfrutar todo, cada entrenamiento. Que valoren cada día y que disfruten. Y por suerte en Wanderers hay un grupo muy noble. Disfruto a mis compañeros. Llego temprano con el mate y me gusta quedarme hablando con ellos. Reírnos juntos. Y trato de que no anden tanto con el celular”.

EL VESTUARIO. A los 39 años renovó su contrato con los bohemios por un año más. No le pone fecha al punto final, pero sabe que el momento de colgar los zapatos no está lejos. Y reconoce que esas charlas en los vestuarios será lo que más extrañe. “Contar historias, tomar mate, escuchar música. Se habla de todo un poco, del último partido y de la vida. A veces en un vestuario se aprende más que viendo una jugada en un video. El día a día es lo que más voy a extrañar, al Cani, a la Flaca Ivonne, los utileros, esa gente de la que no se habla pero que es muy importante”, contó quien ya tiene dos cursos hechos, el de entrenador y el de gerente deportivo. En un futuro piensa dedicarse a dirigir. Y se siente capacitado para entrenar ya a mayores.

Al mirar atrás a su carrera, la que comenzó cuando debutó en la Primera de Central Español en 1997, asegura que su mejor momento fue en el Nancy de Francia. “Fue mi mejor etapa futbolistica y la que más disfruté. Por el nivel del torneo, por la infraestructura y por lo que era el equipo donde estaba. Me adapté muy bien al fútbol francés. Tener un técnico uruguayo, Pablo Correa, y compañeros uruguayos como Adrián Sarkissain y Gastón Curbelo, influyó. Fue el primer contrato largo que firmé en mi carrera, estuve cuatro años y ya no era un niño, tenía 26”.

Central español

Saltó el muro para debutar en Primera

Se crió en Villa Dolores, el barrio al que regresó hace poco. Hijo de una empleada de Secundaria y un pintor, hizo el baby fútbol en La Rinconada, donde lo fue a buscar el profesor Santos para llevarlo a la escuelita violeta. Sin embargo, en Séptima dejaron de ponerlo y se fue a Central Español, donde cuando hacía el segundo año de Quinta lo hizo debutar en Primera Adán Machado, uno de los técnicos que lo marcó.
“Debuté el 25 de junio de 1997 contra Miramar Misiones, en la cancha de ellos”.
Jugó en las juveniles celestes: Sudamericano Sub 17, Sudamericano y Mundial Sub 20. “Me quedó eso de haber estado alguna vez en la mayor, cuando andaba bien en Italia, aunque fuera para un entrenamiento o un amistoso”.

PEÑAROL. Llegó al club en 2012 tras su pasaje por Gimnasia y Esgrima. Estaba por renovar en el club platense cuando lo llamaron de Peñarol. El técnico era Jorge Da Silva en su primera etapa. Y fueron campeones uruguayo. Estuvo hasta 2015, cuando terminó su contrato y no era del gusto de Pablo Bengoechea. “Fue cumplir el sueño que tuve desde chico. Peñarol es el club del que era hincha de niño. Iba a casi todos los partidos, todavía tengo guardadas las entradas y atrás anotaba el resultado y quien hacia los goles. Disfruté mucho jugar en Peñarol”.

Considera que el cariño que le profesan los hinchas mirasoles es una de las cosas más importantes de su carrera. “Que la gente me siga recordando por mi pasaje por el club, debe haber sido la ganancia más grande que tuve. Me lo hacen sentir en la calle, me hablan siempre de Peñarol. Estoy muy agradecido”.

El diálogo volvió al principio y a su manera de jugar. “Siempre fui igual en todos los equipos. Capaz que juego así por la carencia que tengo en lo técnico. Lo trato de suplantar con eso otro. Con lo temperamental, con la entrega. Son características, a mí me tocó más el luchador que el de la técnica con la pelota” .

Tampoco le gusta hablar de códigos, pero los tiene. Por algo, cuando Jorge Giordano, quien lo llevó a Wanderers, se fue del club, quiso irse también. “No se trata de códigos, es respeto. Él ya me había llevado a Juventud. No se trataba de quedarme porque me sintiera bien en Wanderers, como me sentí desde el primer día. Era respeto. Me quedé porque me convencieron”.

mala experiencia

Un contratista que es mala palabra

“Lo único que me reprocho de mi carrera es que en los primeros años no me dejaron ganar lo que podía haber ganado”, dijo sobre su primera salida a Italia cuando tenía 19 años. “Por un representante que tenía, a quien yo no elegí, fue por una deuda que tenía Central con él, y le entregó la ficha de tres jugadores, entre ellos yo. Antes eso se hacía. Y él decidía dónde tenía que jugar y por cuánto tiempo. Era un chiquilín, hoy no lo hubiera aceptado. Igual mandé cartas a FIFA y me junté con abogados de la Mutual y no había forma de liberarme. No lo quiero ni nombrar. Es mala palabra para mí y no tuve la suerte de cruzármelo más”.

Feliz
Feliz. Con sus hijos, Flippo y Mika, su pareja Natalia y Martina la hija de ella. 
familia

El amor regresó en forma de cita a ciegas

Tiene dos hijos, Filippo, de nueve años, nacido en Francia, y Mika, de cinco. Hace dos años que se separó, en muy buenos términos de su madre, pero no pasa un día sin que vaya a buscarlos a la escuela. “No puedo estar sin verlos, lo necesito”, contó.
Cuando regresó de Brasil, con el ojo hinchado y en compota, la niña se asustó y no quería ni mirarlo. “Después con la máscara se divirtieron más. Sin la máscara no me quería ni mirar, pero la entiendo. Estaba feo el ojo”, dijo “Maca” riendo.
Hoy el zaguero está en pareja con Natalia, una fernandina que está a punto de recibirse de escribana. Ella está divorciada y tiene una hija, Martina, de la misma edad que Filippo. Los tres pequeños han hecho buenas migas, sobre todo las dos niñas. A Natalia se la presentó un amigo, porque no quería verlo solo. Organizó una comida y fue una cita a ciegas. Pero las cosas funcionaron. Y ella tiene mucho que ver con su actual felicidad.

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