DIEGO FORLÁN

A las corridas por un shopping

Miraba discos, lo reconocieron y debió huir.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
El 10. Forlán se retiró de la selección y pasó a ser leyenda.

El prestigio que fue ganando cuando en 2001 desembarcó en Manchester United, le brindó otro lugar en la sociedad y le quitó las licencias que le permitían recorrer el mundo como un semidesconocido.

Los éxitos posteriores en España, en Villarreal y Atlético de Madrid, le llevaron a aprender a convivir con la fama. Empezó a tener entorno de estrella, aunque siempre prefirió el perfil bajo. Evitaba salir a lugares en los que confluían las masas, y encontró, según le confesó al periodista en 2011, estrategias para no dejar de hacer, en un porcentaje menor, actividades como cualquier otro. Cuando quería ir al cine, elegía un día entre semana y el horario de menor concurrencia.

Así fue descubriendo que podía brillar en el fútbol, girar en una órbita diferente al de los mortales pero recorrer los mismos lugares que el resto, con restricciones. Era una aventura, que asumía con naturalidad, porque reconocía como parte del lugar en el que le había dejado en el fútbol.

En ese recorrido por la fama, el Mundial de 2010 marcó un punto de inflexión en todos los aspectos. El 24 de junio, tras la clasificación a octavos y dos días antes del partido con Corea del Sur, Forlán llegó junto a otros 18 compañeros (cuatro jugadores se quedaron en el hotel), el cuerpo técnico, los quinesiólogos, el médico y los funcionarios administrativos, al Shopping Diamont Pavillion de Kimberley, la ciudad de poco más de 200.000 habitantes que quedaba en el medio de Sudáfrica, lejos del ruido mundialista y que Tabárez había elegido para encontrar paz. Ese entorno le permitió a Forlán subirse a la aventura de visitar un Shopping. El óminbus llegó a las 11.30 al estacionamiento; 45 minutos después, debían estar de regreso..

Forlán, que andaba acompañado por el "Ruso" Pérez y Eguren, se sentía acosado por tantas miradas. Nada diferente a lo que era el resto de sus días, aunque estaba en medio de una ciudad ajena a la fiebre del fútbol y sin hinchas.

El periodista, que había recibido la información de que irían de recorrida, encontró a Forlán en una disquería, buscando un refugio, porque los hinchas lo estaban atosigando. Miraba un disco y relojeaba el entorno. "Si sabía que era así, no venía", dijo al periodista con esa timidez que lo caracteriza y la inquietud que le promovía el momento. Dio una vuelta dentro del local al tiempo que se achicaba para que no lo vieran a través de los vidrios. Miró otra vez al periodista, y le dijo: "Me voy... ¡Ya está, me voy!". Recién era 11.40. Sin dudar en su acción, como si estuviera acostumbrado, acompañado por el ataché de la delegación, un par de policías, personal de la brigada de explosivos, que acompañaban al grupo, y una decena que se fue transformando en multitud que lo perseguía a los gritos mientras casi que corría por los pasillos, se perdió. Subió al óminbus y esperó la hora para regresar al hotel.

El resto del grupo disfrutó de una mañana diferente y volvió, como estaba previsto, a las 12.15.

Cuando el 11 de julio en Port Elizabeth la selección tuvo libre, el día previo al regreso a Montevideo, Forlán fue el único que no salió en todo el día del hotel. Definitivamente había reafirmado el lugar que le tocaría recorrer a partir de ese momento.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)