Encuesta DE EL PAÍS

Consagración con galera

Antonio Alzamendi: el primer premiado en 1986,como por arte de magia.

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Directores de El País con Alzamendi, ya con la medalla del mejor en la mano. Foto: Archivo

Hay miles", enfatizó Raúl Tavani, según consta en la edición de Ovación de la pasada jornada, aludiendo de esa forma a las anécdotas, situaciones poco conocidas y/o hasta nunca reveladas, singulares e incluso sorprendentes y curiosas en muchos casos, que también fueron parte de la encuesta "América y Europa le responden a El País a lo largo de su existencia: 30 años.

Es cierto, claro. El creador de la encuesta, obviamente, lo sabe mejor que nadie; aunque, por su labor periodística cotidiana, hubo circunstancias sobre las que, ni el propio Tavani llegó a conocer todos los detalles, o después los supo, pero aquella ausencia original lo lleva no tenerlas tan presentes tres décadas más tarde.

"Cuando ganó Alzamendi en 1986, yo estaba en Colombia", recuerda el periodista, agregando que "de repente me llaman de Montevideo y me dicen que se había aparecido Alzamendi en la redacción del diario", para recoger el premio que el "Hormiga" suponía que, al resultar elegido como el mejor jugador de América de la primera edición de la encuesta, había ganado.

Sí, fue así; pero más… ¡grave! Primero: en aquel momento, aunque sencillo y campechano como ha sido siempre, Alzamendi era primerísima figura e ídolo total en Argentina: querido por la hinchada de Independiente, el club de su desembarco en el fútbol de la vecina orilla, y adorado por la de River Plate, con el que fue campeón argentino, de América y del mundo, habiendo convertido el gol del triunfo en la final de la Copa Intercontinental en Tokyo ante el Steaua de Rumania; y, segundo, el "Hormiga" no vino a la redacción del diario, ni solo, sino que apareció en la administración, ubicada en el edificio de la Plaza Cagancha, y muy bien acompañado.

En efecto, Alzamendi llegó sobre las once de la mañana junto a Hugo Santilli, entonces presidente de River Plate argentino, y luego titular del Banco de la Nación argentino, ya en plena época menemista, un par de años más tarde; pero nadie los esperaba, menos aún con un premio, y ni siquiera como para recibirlos en un marco formal acorde a las investiduras que representaban.

Así, pues, nació la instancia de la consagración del mejor jugador de América; podría decirse que "a la uruguaya": con inventiva, pujanza, y creatividad sobre la marcha, en una "jugada" genial que fue armada y desarrollada sin otro objetivo que el de salvar el buen nombre y la reputación de la empresa, y salir del paso.

Es que, incluso, con tal de "zafar", hasta se invirtieron los papeles habituales: mientras las máximas jerarquías de El País recibían a los visitantes, cada uno en sus respectivos despachos, y luego hacían el "aguante" en conjunto en una charla de fútbol con brindis mediante, los "soldados" ordenaban en forma urgente un servicio de "catering" y la compra y el grabado de una medalla con los que, dos horas después, los anfitriones y los agasajados se reunieron en un almuerzo que tuvo lugar en la sala de sesiones del directorio de la empresa, por todo lo alto: un noveno piso sobre la Plaza Cagancha, donde nació lo que llegaría a ser una gran velada de gala con el paso de los años. Fue un parto.

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