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Clásico:Uruguayos y argentinos, mellizos tan diferentes

Las selecciones del Plata nacieron y crecieron juntas. El fútbol después las separó, pero cada vez que se enfrentan vuelve la rivalidad del partido internacional más antiguo fuera del Reino Unido

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Uruguay

Las selecciones de Uruguay y Argentina, que el jueves reeditarán su clásico más que centenario, nacieron juntas para trasladar al fútbol una vieja rivalidad platense.

El antagonismo venía de mucho más lejos, desde los tiempos de la Colonia, con la lucha de puertos entre Buenos Aires y Montevideo, los episodios de la independencia oriental y la Guerra Grande. Fue natural que cuando el fútbol desembarcó en ambas orillas los futbolistas quisieran mirar al otro lado del río para medir fuerzas.

Así, ya hubo clásicos rioplatenses desde 1889, con duelos entre los residentes británicos en Buenos Aires y Montevideo. Cuando los criollos de ambas orillas estuvieron en condiciones de formar sus propios equipos también quisieran enfrentarse. Así, hubo un primer partido en 1901, no oficial, en la cancha del Albion en el Paso Molino. Todavía no se hablaba de Uruguay-Argentina ni de selecciones nacionales, por lo cual fue simplemente “uruguayos contra argentinos”, y ganaron estos por 3 a 2.

Eso lo convierte en el encuentro internacional más antiguo del mundo, fuera de las islas británicas. El segundo fue Hungría-Bohemia, en 1903.

Justamente en aquel 1903 los uruguayos (todos futbolistas de Nacional) obtuvieron la primera victoria, también por 3 a 2. En aquellos tiempos prevalecían en general los argentinos, en virtud de la más temprana y amplia expansión de la actividad desde los núcleos británicos originales. De cualquier manera, el fútbol de acá y el de allá eran mellizos, expresiones solo ligeramente diferentes del mismo proceso de aprendizaje y popularización del juego de la pelota. Hasta los colores de sus camisetas fueron los mismos, aunque con diversa distribución. El tiempo los fue diferenciando.

A partir de 1912, Uruguay incorporó figuras como José Piendibene y Ángel Romano y adoptó un estilo más avanzado de juego, el del pase corto. De esa forma, los futbolistas que desde 1910 vestían de celeste iniciaron una etapa triunfal que se extendería hasta 1935.

Los clásicos se repetían varias veces por año, en la disputa de las copas Newton o Lipton, el premio Instrucción Pública o simplemente amistosos. La reiteración de partidos claramente no aburría. Incluso era una eficaz forma de progreso: durante muchos años, uruguayos y argentinos fueron las grandes potencias sudamericanas. Brasil, encerrado en la discriminación racial y los conflictos entre paulistas y cariocas, no alcanzaba a representar un tercero en discordia.

En ese período, celestes y albicelestes podían repartirse las victorias, pero por lo común, cuando se trataba de un gran título, ganaba Uruguay. Así ocurrió en varias copas América, y luego con las dos finales universales: la de los Juegos Olímpicos de Amsterdam 1928 y el Mundial de 1930. Era la gloria del fútbol rioplatense: todo el mundo pendiente de la discusión de los mellizos.

El auge de la generación olímpica uruguaya alcanzó hasta el Sudamericano de Santa Beatriz 1935. Luego, sobre todo en la década de 1940, el fútbol argentino conoció su época dorada. El estallido de la Segunda Guerra Mundial, que paralizó los mundiales, impidió que trascendiera más allá de los confines continentales, pero el dominio en la Copa América resultó claro.

Desde entonces, el clásico rioplatense se inclinó hacia el lado argentino, por más que hubo algunos triunfos celestes recordables. Al mismo tiempo, Brasil completó su edad del crecimiento y por una cuestión de tamaño (y también deportiva), el clásico continental al final pasó a ser Argentina-Brasil.

La Copa Libertadores actualizó la rivalidad del Río de la Plata bajo otros colores. En la década de 1960 fue habitual que el choque entre alguno de los dos grandes uruguayos contra Boca, Independiente, River, Racing o Estudiantes hiciera temblar las dos orillas.

También esa época pasó de largo. Y los mellizos terminaron de separarse en 1978: mientras Argentina organizaba y ganaba el Mundial, Uruguay quedaba afuera en la ronda eliminatoria. Las diferencias demográficas, económicas y organizativas ya eran indisimulables.

Los amistosos y las competencias propias, como la Newton y la Lipton, prácticamente desaparecieron. Cada vez que volvieron a enfrentarse fue por la Copa América, la Copa del Mundo o su ronda preliminar.

Entre los antecedentes más o menos frescos se recuerda el choque en México ‘86, con el ingreso tardío de Ruben Paz. Un año más tarde, el triunfo de los celestes vestidos de blanco en el estadio Monumental, con gol de Alzamendi, rumbo al título sudamericano. Una noche en Maracaná con dos golazos de Ruben Sosa. Aquel empate tan cordial que permitió a Uruguay disputar y ganar el repechaje a Corea-Japón 2002. El triunfo de 2005, con gol de Recoba. La derrota de 2009, cuando Maradona lanzó sapos y culebras contra los periodistas argentinos. El triunfo celeste por 3-2, camino a Brasil 2014.

La historia, antigua y reciente, pesa, pero cuando los dos rivales salen a la cancha la rivalidad renace con nuevas batallas en el Río de la Plata.

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