HISTORIA

¿Otro cisma en el fútbol uruguayo?

Hace casi un siglo, diferencias deportivas y de política nacional ambientaron dos ligas paralelas.

Atilio Narancio, dirigente de Peñarol; César Batlle Pacheco, hombre de Peñarol e hijo mayor del líder colorado; José Nasazzi, referente del fútbol de su tiempo.
Atilio Narancio, dirigente de Nacional; César Batlle Pacheco, hombre de Peñarol e hijo mayor del líder colorado; José Nasazzi, referente del fútbol de su tiempo.

La palabra “cisma”, tratándose del fútbol uruguayo, está asociada a un momento de aguda crisis, hace casi un siglo. En 2018 ha cambiado casi todo alrededor de la actividad deportiva, pero el fantasma de la división vuelve a asomar, cuando las posturas de los clubes ante el nuevo estatuto de la AUF se vislumbran muy distantes.

Fue sorpresiva la decisión del presidente de Nacional, José Luis Rodríguez, de firmar el documento del G10 que plantea un estatuto propio, porque no era la opinión del resto de los dirigentes de su club. Y eso enfrenta a los tricolores con Peñarol también en este tema.

Nadie sabe en qué terminará este embrollo, aunque la posibilidad de desafiliación de la FIFA está latente, entre divergencias sobre la política y los negocios del fútbol.

En 1922, la división que puso de un lado a Nacional y del otro a Peñarol surgió de cuestiones deportivas y también de la política nacional. Hoy, esas circunstancias son irrepetibles, pero a semejanza de la situación actual, en 1922 hubo reiteradas advertencias sobre el posible cisma que no fueron tomadas en cuenta.

El cisma uruguayo comenzó como un eco del cisma en el fútbol argentino, donde problemas de organización, abonados por la pasión ya presente, determinaron que un grupo de clubes, los más importantes (River, Racing, Independiente, San Lorenzo, salvo Boca) dejaran la Asociación Argentina y crearan su propia liga, la Asociación Amateurs.

En aquel tiempo, cuando toda la actividad internacional de uruguayos y argentinos consistía en los desafíos entre sus clubes o sus selecciones, la amistad entre los equipos resultaba muy importantes. Así, Peñarol era cercano a River y Racing, Nacional a Boca.

La AUF, sin embargo, prohibió a sus afiliados enfrentarse a los clubes argentinos disidentes. El presidente aurinegro, Julio María Sosa, declaró entonces: “La Asociación, por mayoría de sus miembros, realiza una política hostil al club Peñarol”.

Sosa, al frente de la institución desde 1921, era un político de popularidad creciente en el Partido Colorado, en el cual llegó a desafiar el liderazgo de José Batlle y Ordóñez (el expresidente Julio María Sanguinetti debe su nombre a que su padre era “sosista”).

En octubre de 1922, cuando el clima en la AUF era candente debido al despojo arbitral sufrido por la Selección en el Sudamericano de Río, Peñarol y Central pidieron dos veces en tres días autorización para jugar amistosos en Buenos Aires ante River e Independiente respectivamente. Tras el segundo pedido hubo una moción para suspender toda actividad internacional durante un tiempo, pero perdió por solo un voto.

Una asamblea de socios de Peñarol, reunida el 7 de noviembre, decidió no jugar ante equipos de la Asociación Argentina y confirmó un amistoso ante Racing el día 12.

El viernes 10 de noviembre, el Consejo Superior de la AUF amenazó a Peñarol y Central con la desafiliación. El domingo 12, los encuentros se jugaron: los aurinegros ganaron 3-0 y los palermitanos empataron 1-1. Ese mismo día, Uruguay jugó con Argentina (representada por la Asociación “oficial”) por la Copa Lipton.

El martes 14, la AUF, con el único voto en contra de Lito, votó la “descalificación” de Peñarol y Central.

La radicalización de las posiciones desembocó en el cisma: Peñarol lo buscó (acaso con la idea de “patear la mesa” de una AUF que consideraba contraria a sus intereses) y el resto de las instituciones, con preeminencia de Nacional, hicieron poco o nada para evitarlo.

Y a las discrepancias deportivas se sumaron las políticas: el batllismo dejó solo a Sosa en este tema. El hombre clave de la Asociación pasó a ser Atilio Narancio, dirigente de Nacional y hombre muy cercano a Batlle y Ordóñez (Sosa y Narancio integraban el Consejo Nacional de Administración, donde tenían frecuentes roces). Incluso el hijo mayor del líder colorado, César Batlle Pacheco, quedó del lado de la AUF pese a que había sido presidente de Peñarol poco tiempo antes.

Los aurinegros eran punteros hasta entonces del Campeonato Uruguayo con una unidad de ventaja sobre Nacional, que al final resultaría campeón.

Peñarol y Central fundaron la Federación Uruguaya de Football (FUF), que sumó numerosos clubes y tuvo su propio Campeonato Uruguayo e incluso su seleccionado.

La AUF, en tanto, para consolidar su posición decidió afiliarse a la FIFA en 1923 y anotarse en los Juegos Olímpicos de París de 1924. En esas gestiones fue importante el diplomático Enrique Buero, que era batllista y además de Peñarol. Está claro que en este asunto las lealtades políticas fueron más fuertes que las deportivas.

Como el club aurinegro estaba fuera de la AUF, no contó con jugadores en el seleccionado celeste que conquistó la medalla de oro.

El impacto de este triunfo fue acercando a las partes hasta que un laudo del presidente de la República, José Serrato (colorado neutral) terminó con el cisma en 1925. Comenzó un proceso de fusión entre la AUF y la FUF que duró dos años.

Pese a la gravedad de la crisis, se considera que el cisma tuvo en general efectos positivos. Por supuesto, la actuación celeste en Colombes cambió la historia del fútbol, y no solo en el Uruguay. En lo interno, la existencia simultánea de dos ligas permitió la competencia de decenas de clubes, algo importante si se tiene en cuenta que la actividad era amateur, así como la aparición de muchos cracks.

Para Peñarol, hubo una clara y grave consecuencia: quedó fuera de la gloria de Colombes. Además, cedió un amplio terreno a Nacional en las luchas políticas de la AUF. Pero acaso aquella “rebeldía” le significó una afirmación de su popularidad. Y al fin del cisma alcanzó un cierto predominio en los torneos locales.

Sosa mantuvo el liderazgo en Peñarol, pero su carrera política duró poco: votó relativamente bien en 1926 y mal dos años más tarde. Falleció, todavía joven, en 1931.

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