AUF

La casa de las peleas y las intrigas

Las discusiones agrias, las intrigas y las maniobras en la Asociación Uruguaya de Fútbol son tan viejas, que podría afirmarse que existen desde que se llamaba The Uruguayan Association Football League, a comienzos del 1900.

AUF. Foto: Gerardo Pérez
Foto: Gerardo Pérez

Claro que el tono y el contenido de esas controversias cambió mucho. En un tiempo el tema más caliente de los debates era, esencialmente, la actuación de los árbitros, debido a una insólita norma que establecía que sus fallos podían ser modificados por un tribunal, lo cual por supuesto cambiaba los resultados de los partidos. Había que convencer a ese tribunal de que el gol había sido en offside, lo cual no resultaba sencillo en tiempos en que no existía la televisión, pero algunos delegados se convirtieron en especialistas.

Con los años, sobre todo a partir de la instauración del régimen profesional en 1932, los temas económicos se volvieron prioritrarios, pues afectan a las instituciones mucho más que una posición adelantada no sancionada...

La interna de la AUF giró tradicionalmente alrededor de dos ejes: la política clubista y la política nacional (con los años se fueron agregando otros actores, que volvieron más complejo todo).

Los clubes se alinearon según intereses coincidentes, aunque esos acuerdos fueron siempre inestables y había que zurcirlos en largas reuniones.

La política nacional también influyó, porque frecuentemente los dirigentes de fútbol también eran diputados, senadores o ministros. Y además porque el fútbol procuró siempre la ayuda estatal.

Por esta última razón, muchas veces el presidente de la AUF resultó ser un hombre del mismo color político del gobierno de turno. Y esto no se debió a que desde arriba se colocara a uno de los suyos, sino porque los clubes buscaban la línea directa con el poder. “La diferencia está en que desde arriba te atiendan la llamada o te digan que el presidente de la República no está”, afirmó una vez un dirigente de club que también había actuado en política.

El expresidente de Defensor, Julio César Franzini, que también ocupó la presidencia de la AUF, resumió una vez las dificultades encontradas: “De todos los lugares donde me tocó estar en la vida, ninguno tan complicado como la AUF. Es un pulpo de 14, 16 brazos, uno por cada club, y cada uno tira para su lado”, dijo.

A esa frase podrían agregarse ahora los poderosos tentáculos de la FIFA y la Conmebol, Tenfield, otras empresas, los contratistas, la Mutual, el Ministerio del Interior y algunos más.

El cargo de presidente de la AUF se vuelve así una posición tan ambicionada como rechazada. Brinda notoriedad, viajes por el mundo, amistades famosas, incluso retribuciones importantes en la relación con las organizaciones internacionales, sin desdeñar la posibilidad de llevar adelante soluciones positivas en un tema apasionante como el fútbol, lo cual alimenta el idealismo de cualquiera (dejemos de lado las tentaciones de corrupción).

Pero también le roba al dirigente horas y días enteros a la familia y a su actividad privada, lo expone a críticas justas e injustas y a ser un día despedido sin demasiadas explicaciones. Por esas razones, la lista de candidatos siempre fue extensa, pero mucho más la de quienes rechazaron el convite.

Seis episodios del pasado reflejan ese mundillo de intrigas y peleas. En todos ellos hay enfrentamientos personales, diferencias políticas, posturas de clubes, temas comerciales. Tal como en la actual situación de inestabilidad en el edificio de la calle Guayabos.se colocara un hombre de confianza en el fútbol, sino porque los clubes aspiraron a contar con un representante que tuviera línea directa con el poder. “La diferencia está en que desde arriba te atiendan la llamada o te digan que el presidente de la República no está”, explicó un vez un dirigente deportivo que también era político.

Sin embargo, en épocas recientes esta costumbre ha perdido espacio, pues los clubes buscan ahora dirigentes que puedan aportar soluciones económicas.

1970: casi se llega a un duelo.

En 1970, la discrepancia entre los presidentes de la AUF y Nacional, Miguel Restuccia y Julio Lacarte Muró, fue tan intensa que casi llegaron a batirse a duelo.

Todo empezó dos años antes, con la derrota del tricolor por la Libertadores ante Guaraní de Asunción, entre irregularidades y agresiones en el estadio de Puerto Sajonia (hoy Defensores del Chaco). Eso puso a Nacional decididamente en contra del presidente de la Conmebol de la época, el peruano Teófilo Salinas.

Cuando se avecinaban elecciones en la Confederación, a comienzos de 1970, el club anunció su apoyo al candidato opositor, el paraguayo Atanasio Mendoza, en tanto Peñarol respaldaba a Salinas. El voto uruguayo estaba en suspenso, porque el resto de los equipos no se había definido.

La noche en que la Junta Dirigente de la AUF debía decidir el tema había un virtual empate, que solo iba a definirse con la postura de su presidente, Lacarte Muró. Ya de madrugada, luego de un largo discurso en el cual pareció inclinarse por Mendoza, Lacarte Muró anunció que votaría a Salinas.

Restuccia puso el grito en el cielo. Y cuestionó la continuidad de Lacarte Muró al frente de la AUF, al punto que amenazó con que Nacional no disputaría el Campeonato Uruguayo de 1970 si este no renunciaba

Lacarte Muró, ofendido por las críticas de Restuccia, lo retó a duelo el 8 de julio de 1970. En aquellos días el lance en el campo del honor era un recurso habitual en casos de conflictos personales: varios políticos de nota se batieron al menos una vez.

El presidente de la AUF designó como padrinos al contraalmirante Eduardo Beraldo y a Carlos Frick Davie (ex ministro de Ganadería, que luego sería secuestrado por el MLN-T) en tanto el dirigente tricolor nombró a Glauco Segovia (político colorado, exintendente de Montevideo) y Alberto Heber (político blanco, expresidente del Consejo Nacional de Gobierno). Sin embargo, en este caso Lacarte Muró y Restuccia no llegaron a las armas porque los padrinos concluyeron que no había motivos para el duelo.

Al final, Lacarte Muró pidió licencia a su cargo y terminó renunciando. Un detalle curioso es que Lacarte, político de la lista 15 del Partido Colorado, era en ese momento embajador uruguayo en Buenos Aires, pero en aquel momento esa misión no fue vista como un obstáculo para el desempeño de ambas funciones. “Voy y vengo”, había dicho cuando asumió en la AUF.

En su lugar fue designado Américo Gil, veterano dirigente de River Plate que había encabezado la delegación en el Mundial de 1950. Pero la inestabilidad continuó e incluso estuvo en el aire la posibilidad de que el Gobierno interviniera la AUF. Como solución se adoptó un cambio en la estructura del organismo: se disolvió la Junta Dirigente y se estableció la Asamblea de Clubes. Pero al tiempo todos estaban de nuevo a las andadas.

División y cisma

La crisis más grave que sufrió la Asociación Uruguaya de Fútbol seguramente fue el cisma de 1922, cuando Peñarol y Central fueron expulsados y fundaron una organización paralela. Sin embargo, en este caso la crisis se transformó en una oportunidad para mejorar, como suelen decir economistas y directores de marketing.

El cisma fue un proceso complejo, en el cual las posiciones políticas jugaron un papel clave. El entonces presidente de Peñarol, Julio María Sosa, era un batllista que quería hacer un camino propio, aunque para ello tuviera que enfrentarse con el líder José Batlle y Ordóñez. Y del otro lado estaba Atilio Narancio, dirigente de Nacional y figura cercana a Batlle. Incluso César Batlle, hijo de Batlle y Ordóñez y expresidente de Peñarol, estuvo del lado de la AUF cuando se generó la división.

Además, el cisma uruguayo se produjo como repercusión del cisma argentino. Varios clubes amigos de Peñarol quedaron del lado disidente del otro lado del Plata. Y en aquellos tiempos sin torneos continentales, los vínculos entre clubes resultaban particularmente importantes. Y así fue: pese a la negativa de la AUF, Peñarol y Central concertaron amistosos ante River y Racing argentinos, lo que llevó a que la Junta Dirigente de la AUF votara la “descalificación” de aurinegros y palermitanos.

Estos no perdieron tiempo y fundaron la Federación Uruguaya de Football, una liga aparte, con su propio torneo. Se inscribieron decenas de equipos, lo cual obligó a establecer un campeonato “de suficiencia”; los 20 mejores disputaron el Campeonato Uruguayo federacionista.

Eso determinó que en 1923 y 1924 hubiera dos torneos paralelos, movilizando a decenas de equipos. Hoy, por innumerables razones, un cisma de esa magnitud resultaría imposible, pero en la década de 1920, con un fútbol amateur y en plena explosión de popularidad, terminó resultando beneficioso.

La AUF, para afirmar su posición, decidió intervenir en los Juegos Olímpicos de París. Parecía una loca aventura, pero los celestes fueron campeones y abrieron el camino para la Copa del Mundo. Y Nacional afianzó su liderazgo en la AUF.

Peñarol quedó afuera de la hazaña de Colombes, lo cual representó un golpe. Pero su “rebeldía” se tradujo en el crecimiento de su popularidad y de su vida institucional, e incluso pasó a dominar los torneos locales en los últimos años del amateurismo y comienzos del profesionalismo. En cambio, a Julio María Sosa no le fue bien en política, pues nunca logró gran respaldo en las urnas.

Más allá de todo eso, estaba claro que la división no podía ser eterna. El triunfo de Colombes dio vuelo al reclamo de unificación. Entonces, dirigentes de los clubes grandes visitaron al presidente de la República, José Serrato, para solicitarle que mediara en el problema.

Serrato aceptó y puso la condición de que su fallo debía ser inapelable. Luego de cuatro meses de trabajo, desarrollado esencialmente por asesores vinculados al fútbol, el presidente emitió su dictamen, que pasó a la historia como “Laudo Serrato”. Y a partir de 1926 la actividad interna comenzó a volver a la normalidad.

Presidentes militares.

Víctor Hugo Morales, uno de los mayores relatores de fútbol uruguayos, llevaba adelante en 1978 duras críticas contra el manejo del fútbol por parte de los dirigentes. Eso determinó que el 13 de julio de aquel año, la Asamblea de Clubes resolviera por unanimidad suspender toda relación con Morales y su comentarista Juan Carlos Paullier e impedirles el ingreso a las cabinas de los escenarios oficiales hasta el 31 de agosto.

Según se argumentó entonces, ambos periodistas desarrollaban “ataques sistemáticos” contra la actividad de la Asociación, “acompañada por agravios personales a dirigentes y personas vinculadas al fútbol”.

Al día siguiente, el ministro de Educación Daniel Darracq pasó los antecedentes del caso al Ministerio de Justicia, pues entendió que la medida “podría atentar contra derechos fundamentales consagrados en nuestra Constitución, por los que se protege la libertad de trabajo y la que existe en materia de comunicación de pensamiento por palabras, escritos privados o públicos en la prensa o por cualquier otra forma de divulgación sin necesidad de censura previa”.

La decisión de la AUF hacia los periodistas resultó arbitraria e improcedente, pero la reacción gubernamental era sorprendente e hipócrita: se vivían los años de la dictadura militar, que había suprimido por la fuerza toda libertad de prensa o expresión del pensamiento.

El 19 de julio, la Dirección Nacional de Relaciones Públicas (Dinarp), vocero de la dictadura, anunció que el presidente Aparicio Méndez, reunido con los comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas, había decidido autorizar a Morales y Paullier el ejercicio de su profesión y por consiguiente las transmisiones radiales. La decisión del gobierno, dijo la Dinarp, buscaba “la preservación de la más seria libertad de expresión y libertad de trabajo, que han sido y serán valores permanentes en la colectividad oriental”.

Ese mismo día, el presidente de la AUF, Mario Garbarino (con los años titular de Nacional), presentó renuncia a su cargo. Los clubes le pidieron que lo reconsiderara pero Garbarino mantuvo su decisión. El 24 de julio, los clubes designaron al capitán de navío Yamandú Flangini, hasta entonces presidente de Primera “B”, al frente de la AUF.

La elección de Flangini, comparada con otros procesos similares, resultó muy rápida. ¿Qué ocurrió? Algunos dirigentes de la época comentaron, años después, que el episodio les hizo pensar que el gobierno se preparaba para intervenir la Asociación. Se atribuye la idea al entonces presidente de Peñarol, Washington Cataldi: repasó la lista de dirigentes hasta encontrar uno que fuera militar. Flangini había entrado al fútbol poco tiempo antes, en representación de Uruguay Montevideo. Y su presencia en la AUF habría impedido que los militares que gobernaban el país también ingresaran en el fútbol.

Desde entonces y hasta el regreso de la democracia, por su propia iniciativa los clubes colocaron militares en la presidencia de la AUF. Luego vino Matías Vázquez, coronel retirado, contrario a la dictadura. Y lo siguió otro coronel retirado, Héctor Joanicó, que se declaró afín al régimen militar aunque no tuvo allí actuación de relevancia.

El "veto" a Vázquez.

Cuando dicen que a mí no se me vota y que no es por problemas políticos, entonces yo reflexiono… Si no es por problemas políticos será por problemas morales. Y desafío a quien no me vota por razones que no son políticas a que públicamente diga que hay problemas morales o éticos. De repente hay quien diga que yo robé a alguien. O que estafé o especulé (…) De repente alguien no me vota porque no le conviene, porque quizás conmigo se hubieran terminado algunas cosas. Entonces creo que he sido proscrito para el cargo de presidente de AUF por razones políticas”, declaraba en 1987 el entonces presidente de Progreso Tabaré Vázquez, hoy presidente de la República, luego que naufragara su candidatura.

En su momento se atribuyó eso a un “veto” del presidente Julio María Sanguinetti, que mandó a Peñarol a oponerse a la postulación, supuestamente por la militancia socialista de Vázquez. Nunca hubo confirmación por sus protagonistas, que en cambio manejaron otra razón. “Pensamos, y esto se habló en el Consejo (Directivo) de Peñarol, que se precisa en este momento para ser presidente de AUF una persona que tenga acceso a determinados lugares políticos que permitan obtener soluciones para el fútbol, las que consideramos tener para refinanciar sus deudas, que es el Prode”, declaró el delegado de Peñarol, Ricardo Scaglia, hombre del Partido Colorado, quien aclaró que consideraba a Vázquez “una gran persona, una figura de lujo y un gran dirigente”.

Otra versión asegura que Peñarol consideraba a Vázquez una figura “demasiado enfrentada” a los intereses de los clubes grandes.

¿Cuál era la situación en aquel momento? La AUF se encontraba acéfala y se manejaban muchos nombres para presidirla, sin que ninguno aceptara o fuese aceptado. Vázquez era todavía un dirigente de segunda línea del Partido Socialista y comenzaba a ganar notoriedad como responsable de las finanzas de la Comisión Pro Referéndum contra la ley de caducidad. El supuesto “veto” le dio mayor visibilidad en la izquierda, que terminó postulándolo a la Intendencia de Montevideo en 1989.

Finalmente, en marzo de 1987 fue elegido el dirigente de Danubio Donato Grieco como titular de la AUF. A Vázquez le propusieron integrar su ejecutivo, pero no aceptó. Sin embargo, el tema no se cerró allí: Grieco dejó el cargo meses después y se reabrió la danza de candidatos. Y entre ellos volvió a figurar Vázquez. Luego de una larga búsqueda, el elegido fue el marino e ingeniero Julio César Franzini, expresidente de Defensor.

El Ejecutivo "de oro".

Héctor del Campo (padre de Arturo, uno de los candidatos actuales a la AUF), Dante Iocco, Matías Vázquez, José Pedro Laffite y José Fernández Caiazzo integraron el llamado “Ejecutivo de Oro”, que a mediados de la década de 1970 llevó adelante una serie de reformas en la organización del fútbol.

Habían asumido sus cargos luego del Mundial 1974, donde la actuación celeste resultó desastrosa, con graves errores de organización, lo cual tuvo por supuesto consecuencias políticas en el seno de la AUF. Dos años más tarde el fútbol doméstico funcionaba bien, con una temporada de tres torneos: el Uruguayo, la Liga Mayor y la Liguilla. Además, habían llevado adelante la construcción del local asociacionista en la calle Guayabo, en reemplazo del antiguo y ya inadecuado sobre la avenida 18 de Julio.

Sin embargo, el 12 de agosto de 1976 renunciaron a sus cargos, tras una sesión secreta de la Asamblea de Clubes que se prolongó durante tres horas. Y cuando se retiraron de la sala, sus colegas y los periodistas presentes los aplaudieron calurosamente, un hecho quizás nunca repetido en la agitada historia de la dirigencia del fútbol uruguayo.

La prensa de la época no informó las razones del alejamiento. La realidad fue que el gobierno militar había forzado esa decisión al aprobar un decreto por el cual el fútbol debía comunicar a las autoridades, para su aprobación, el nombre y apellido de todos los integrantes de las delegaciones que viajaran al exterior. La medida abarcaba a todas las federaciones deportivas. Incluso el gobierno se reservaba la posibilidad de designar veedores “a fin de controlar el entrenamiento de los deportistas seleccionados”.

Poco tiempo antes, el ministro de Educación y Cultura Daniel Darraq había convocado a del Campo para advertirlo que si los clubes no “colaboraban” con esa información el gobierno iba a tomar medidas. Darraq añadió que si era necesario, la AUF sería intervenida y los neutrales serían los interventores.

Todo eso estaba contenido en el “Reglamento sobre entidades y selecciones deportivas”, elaborado por la Comisión Nacional de Educación Física y que tuvo aplicación preceptiva a partir de un decreto del Poder Ejecutivo dictado en julio de 1976. Educación Física estaba presidida entonces por el coronel Yamandú Trinidad, que luego de ascender a general fue designado ministro del Interior. Era considerado uno de los “duros” del régimen militar.

La razón de ese interés por conocer a los integrantes de las delegaciones, así como otros detalles de los viajes, era impedir la presencia de personas mal vistas por la dictadura debido a sus antecedentes políticos. Y en aplicación de esta norma, fueron vetados dirigentes en algunas delegaciones deportivas.

Curiosamente, el decreto estuvo vigente hasta 2000, 15 años después de restablecida la democracia, aunque desde 1985 no volvió a aplicarse.

Cepillo con Figueredo.

Agua, jabón y cepillo de alambre”: esos tres elementos eran necesarios para “limpiar” el fútbol según Héctor Lescano, ministro de Turismo y Deporte del primer gobierno del Frente Amplio, en 2005. La afirmación provocó expectativa, pues más allá de las crisis periódicas en la AUF, la FIFA es estricta en cuanto a evitar la injerencia estatal en las federaciones nacionales.

Uno de los personajes que sintió amenazado su sillón fue el entonces presidente de la AUF, Eugenio Figueredo. Estaba allí desde 1997, cuando los clubes lo votaron con la esperanza de que sus contactos ante las autoridades continentales y mundiales del fútbol ayudaran a evitar la permanente crisis local. El paso del tiempo permitió comprobar para qué le sirvieron esos contactos: para ingresar en la trama corrupta desvelada con el FIFAgate.

Se asegura que una de las estrategias de Figueredo para salvar su puesto fue designar en 2006 a Óscar Tabárez como técnico de la Selección, teniendo en cuenta que el entrenador había votado al Frente Amplio. Figueredo también nombró como su vicepresidente a Oscar Magurno, dirigente de Nacional y político colorado, pero cercano amigo de Tabaré Vázquez a través de su actuación en la Asociación Española. Sus recursos para caer siempre parado parecían infinitos: cuando un programa de televisión preguntó a sus televidentes si Figueredo debía irse o quedarse, alguien llamó 900 veces desde el mismo número de teléfono para apoyarlo.

A medida que se acercaban las elecciones en la AUF, previstas para el 31 de julio de 2006, se advirtió sin embargo que Figueredo perdía posiciones aceleradamente. Incluso declaró que quería abandonar el cargo porque estaba “podrido”, aunque de inmediato cambió de idea y fue por la reelección.

Lescano aseguró entonces que el gobierno no intervendría en el tema, pero consideró el anuncio de Figueredo “una muy mala noticia” y “la peor expresión de un continuismo y de un bloqueo a los cambios”.

Al día siguiente, Figueredo y los neutrales (Oscar Magurno, Juan José Ramos, Daniel Pastorini y Jorge Almada) renunciaron argumentando “presiones o interferencias gubernamentales”. Sin embargo, el presidente de Danubio, Arturo del Campo, opinó que Figueredo renunciaba porque sabía que no tenía los votos para quedarse.

Curiosamente, como ocurre en el presente, dos de los nombres que se manejaron para presidir la AUF en 2006 fueron Del Campo y Eduardo Abulafia. Finalmente Del Campo no aceptó la postulación y los candidatos formales fueron José Luis Corbo y Abulafia.

Los días previos a la elección fueron agitados en la AUF. Hubo hasta tres llamadas anunciando la colocación de bombas, lo cual obligó a inspecciones de los bomberos y la policía. Finalmente, el 31 de julio Corbo fue elegido presidente en votación secreta: logró 12 votos sobre 18 posibles.

Figueredo continuó su carrera internacional y llegó incluso a presidir la Conmebol. Pero fue uno de los dirigentes detenidos por la policía suiza, a pedido del FBI, cuando en 2015 se realizó la redada en el hotel Baur au Lac de Zurich y se destapó la trama de corrupción en la FIFA.

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