FÚTBOL

El brazalete de la discordia en Israel

Por primera vez el capitán del equipo es un jugador musulmán: un ejemplo de tolerancia en un país duramente polarizado.

Natkho, el nuevo capitán de Israel (izquierda), sale a marcar a Gareth Bale durante un reciente partido contra Gales.
Natkho, el nuevo capitán de Israel (izquierda), sale a marcar a Gareth Bale durante un reciente partido contra Gales.

Se suele decir que el fútbol uruguayo es muy conflictivo. Más allá de algunos problemas bien reales, todo parece una discusión infantil si se lo compara con lo que ocurre en Israel. Allí, el Beitar es el equipo de los extremistas judíos y el Bnei Sakhnin el de los radicales musulmanes. Se han enfrentado y con hinchadas visitantes, pese a los constantes gritos de contenido racista de ambos lados. Y la más reciente singularidad es la designación como capitán del seleccionado israelí de un futbolista musulmán, que se niega a cantar el himno del país.

La última fecha FIFA trajo una copa para Uruguay, dos triunfos para Brasil y una pesada goleada para Argentina, entre muchos otros resultados. Fuera de los titulares y hasta de las informaciones con letra chica, también jugó Israel frente a Rumania, dos equipos que mirarán el Mundial por televisión.

En ese encuentro apareció llevando el brazalete de capitán Bibras Natkho, el primer futbolista de religión musulmana que recibe esa distinción. Además, pertenece a la población circasiana, un grupo étnico del Cáucaso que se extendió durante el siglo XIX por zonas de Europa y Medio Oriente. En Israel son aproximadamente 7.000.

Más allá de creencias, Natkho nació en Israel en 1988 y comenzó a jugar en el Hapoel Tel Aviv. En 2010 pasó al Rubin Kazán y cuatro años más tarde al CSKA de Moscú. Es un mediocampista organizador de juego, de buena técnica.

Ya en 2015 había sido capitán del seleccionado cuando el titular de ese honor fue reemplazado durante un partido, pero en 2018 se convirtió en el dueño del brazalete.

Un hecho que añadió polémicas a su designación fue el hecho de que se niega a cantar el himno, una situación común en ciudadanos israelíes que no profesan el judaísmo. Es que su letra habla del “alma judía”. Tampoco es un caso solamente israelí: Zinedine Zidane, por ejemplo, no cantaba La Marsellesa antes de los partidos de Francia debido a sus orígenes argelinos.

Una voz en esta controversia fue la del exfutbolista Eyal Berkovich, quien afirmó que el capitán de Israel tiene que ser un judío y cantar el himno.

“Cuando era joven cantaba el himno, pero no entendía el significado de algunas palabras. En lo que a mí respecta, cantando algunos fragmentos estaría faltándole el respeto al himno”, declaró Natkho al portal ynetnews.com.“No puedo cantar el himno sin sentirme parte de él, y eso se debe al gran respeto que siento por ese símbolo. Lo principal es mi gran sentimiento de pertenencia al equipo y al país”, dijo el mediocampista, quien recordó que su padre sirvió en la guardia fronteriza israelí durante 30 años.

“Deberíamos dejar de lado todo el racismo y centrarnos en las buenas cualidades. Ataa y yo fuimos los capitanes de los equipos nacionales israelíes en el mismo día. Eso es lo maravilloso de nuestros equipos, todos estamos unidos como amigos", agregó (Ataa Jaber, un futbolista árabe-israelí, fue capitán del seleccionado juvenil).

Polarización.

Esta discusión puede entenderse mejor si se tiene en cuenta la polarización que alcanza todos los aspectos de la vida en Israel, con la presencia constante de la violencia de un conflicto que parece eterno. También el fútbol es un ambiente politizado.
De hecho, la selección de Israel compite en los torneos de la UEFA por la negativa de muchas naciones asiáticas o africanas a enfrentarla. En 1958, por ejemplo, la participación israelí en las eliminatorias para el Mundial de Suecia provocó la renuncia masiva de esos países y la FIFA tuvo que inventarle un repechaje contra Gales para que no se clasificara directamente sin jugar un solo encuentro. Gales venció en ese desempate e Israel debió esperar a 1970 para disputar su única Copa del Mundo.

Durante las primeras décadas de vida independiente, Israel tuvo gobiernos laboristas, bajo los cuales se hicieron fuertes los sindicatos. En cada ciudad importante esas organizaciones crearon un club con el nombre Hapoel, que significa “trabajador”. El principal es el Hapoel Tel Aviv, que no casualmente viste camiseta roja: en su escudo luce un atleta enmarcado por los símbolos comunistas de la hoz y el martillo. Hoy se encuentra en segunda división.

“Para mí, ponerme el brazalete del equipo nacional es un gran honor, algo que me hace sentir mejor".

Bibras Natkho
Bibra NatkhoCapitán de Israel

La privatización de los clubes en la década de 1990 comenzó a moderar esa identificación política a nivel institucional, aunque entre los hinchas se mantiene la tradición.

De una escisión del Hapoel Jerusalén, en 2007 surgió el Katamon. También identificado con la izquierda, es propiedad de sus aficionados y realiza obras sociales.

Los clubes con el nombre Maccabi, en tanto, tienen un origen liberal y en general representan a sectores más adinerados.

Del otro lado de la cancha y del espectro político está el Beitar Jerusalén, donde llegó a jugar brevemente Sebastián Abreu. Su barra brava, autodenominada La Familia, expresa en sus canciones (y en sus desmanes) su odio hacia los árabes y los musulmanes. En 2007, incluso, se pasaron insultando durante todo el minuto de silencio en homenaje a Isaac Rabin, el exprimer ministro israelí que fue asesinado por un ultranacionalista judío.

Desde su fundación en 1936, el club ha estado vinculado a Betar (o Beitar), el movimiento juvenil fundado por Zeev Jabotinsky, el ideólogo de la derecha israelí. Actualmente sigue teniendo sus hinchas entre políticos y militantes de la derecha. Entre ellos, el primer ministro Benjamín Netanyahu.

En 2013 el club contrató a dos jugadores chechenos musulmanes y La Familia inició un acoso sistemático a la directiva y al plantel, incendió la sede y al final consiguió el despido de esos dos futbolistas. El poder creciente de La Familia representa un problema contra el cual luchan los dirigentes.

Y también está el Bnei Sakhnin, el club árabe, cuyo estadio fue financiado por el gobierno catarí. Cuando en 2004 ganó por primera vez la Copa de Israel, La Familia publicó un aviso en el diario de mayor tirada del país anunciando “la muerte del fútbol israelí”. Si le toca jugar contra el Beitar, las tribunas local y visitante arden en cánticos de odio: lo más suave que gritan es “¡Guerra, guerra!”.

Contra la intolerancia, sin embargo, se levantan ejemplos de clubes y aficionados que sostienen a futbolistas sin importar su origen. En el seleccionado hay otros jugadores musulmanes, algo natural teniendo en cuenta que alrededor del 20 por ciento de la población no es judía. Por ejemplo, Taleb Tawatha, que juega en el Eintrach de Francfort, es negro, beduino y musulmán. Y la mayoría de los hinchas grita los goles, cualquiera sea el origen o la religión del goleador.

Además, las barras del Hapoel y del Sakhnin se unieron hace poco en una campaña antirracista que logró sumar a grupos activistas europeos.

Otro ejemplo de convivencia es el Hilal, el único club palestino asentado en Jerusalén, campeón de la liga que se juega en Ramala. Sin embargo, los jugadores de origen palestino que pasan a defender a clubes israelíes no son bien vistos por sus compatriotas. También al fútbol de Medio Oriente le aguarda un largo camino hacia la paz.

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