ELIMINATORIAS MUNDIAL 2018

Brasil: visita de la superpotencia tropical

El rival celeste trae su fútbol exuberante y alegre, a veces también conflictuado.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Neymar se hizo cargo de la clasificación norteña al Mundial. Foto: AFP

LUIS PRATS

El mundo del fútbol tiene sus países desarrollados y subdesarrollados, sus emergentes y sus potencias. Y también tiene a Brasil: una superpotencia tropical, vigorosa, contradictoria, desorganizada, colorida, a menudo alegre y otras veces conflictuada pero todavía admirada y temida. Esa superpotencia se presentará este jueves en el Estadio Centenario, con todo el estruendo imaginable.

La selección brasileña llega renovada en su confianza, al tope de la clasificación para Rusia 2018, aunque hace un año la situación era muy diferente, en la tabla, en el juego y en el ánimo. Esos cambios de humor se han vuelto habituales en un equipo obligado siempre a ganar. Único pentacampeón mundial, único en estar presente en todas las copas del mundo, también es el único que considera fracaso imperdonable no conseguir el título.

Sigue siendo el fútbol más reconocido. Y cuando se enciende su música interior, sus jugadores son capaces de hacer maravillas. Esos buenos momentos resultan más esporádicos que antes, pero el actual, sin dudas, es un buen momento.

Coloso.

Todos los números son gigantes en Brasil. En 2005, un relevamiento de la Fundación Getulio Vargas indicó que en el país existían entonces 30 millones de jugadores de fútbol, entre los formales y los informales; 13.000 equipos, 580 estadios con capacidad total para cinco millones y medio de espectadores y 300.000 puestos de trabajo vinculados directamente con los torneos y equipos. Desde 2005, la población del país aumentó en más de 20 millones de personas, por lo cual se puede inferir que aquellas cifras también crecieron significativamente.

Según información de la CBF en 2014, ese año había 776 clubes profesionales, 435 amateurs y 27 formadores de jugadores, que disponían de 28.000 jugadores bajo contrato. De la misma forma, es el principal exportador global de futbolistas: 1.784 brasileños juegan profesionalmente por el mundo, de acuerdo con un estudio del Observatorio de Fútbol del International Centre for Sports Studies, con sede en Suiza.

Esa gigantesca base determina la abundancia de cracks, lo que desde hace mucho convierte a sus equipos en favoritos en cuanto torneo se disputa. Pero a menudo no resulta fácil, ya que el fútbol brasileño vivió siempre atenazado entre la desorganización, los manejos políticos y la corrupción, sin olvidar el racismo y las divisiones regionales que todavía se hacen sentir. A todo eso se sumó, en tiempos más recientes, la pérdida de identidad. Si había un estilo de juego reconocible, era el brasileño. Pero los intentos de europeizarlo exageradamente, de aplicar mayor rigurosidad táctica a los artistas de la pelota, terminaron desnaturalizándolo. Se llegó al extremo de que otros equipos, como España o Alemania, jugaran más a la brasileña que los propios brasileños. Para colmo, todo gigante sufre las derrotas como un trauma: necesitaron años para superar la crisis del Maracanazo de 1950 y ahora todavía cargan el lastre del 7 a 1 propinado por Alemania en la semifinal de 2014.

Discriminación.

La propia génesis del fútbol en Brasil fue muy diferente a la de otros países, en particular Uruguay y Argentina. El origen siempre fue británico, pero en el Río de la Plata los sectores populares adoptaron rápida y espontáneamente el juego. En Brasil, en cambio, el fútbol llegó en la valija de Charles Miller, un rico paulista, que a fines del siglo XIX se fue a estudiar a Southampton, Inglaterra. Allí conoció el juego y lo practicó con cierto éxito. De regreso a su país en 1894 llevó un uniforme y dos pelotas. Reclutó interesados para armar partidos entre los empleados de dos empresas inglesas, la Company of Gas y la Sao Paulo Railway Company.

Pero el deporte demoró en escapar de los círculos aristocráticos, que mantuvieron el control cuando la actividad comenzó a organizarse. En 1907, la liga carioca prohibió la participación de "personas de color", por lo cual Bangú, uno de los primeros en admitir jugadores negros, abandonó el campeonato. En 1923, Vasco da Gama armó un poderoso equipo con la inclusión de futbolistas de tez morena o de humilde condición. Para no enfrentarlo, el resto de los clubes abandonó la liga y formó su propia organización. Algunos jugadores mulatos optaban por aclarar su piel usando talco. Arthur Friedenreich, la estrella al iniciarse el siglo XX, planchaba sus motas para parecer más blanco.

Cuando la cuestión racial se volvió demasiado antipática, la segregación se mantuvo a través de una norma que impedía la actuación a los futbolistas analfabetos.

La aparición de grandes figuras negras como Leónidas da Silva y Domingos da Guía (que llegaron a defender a Peñarol y Nacional entre 1932 y 1933) contribuyó a una mayor integración, junto a la legalización del profesionalismo en 1933, aunque todavía hoy resulta raro que una persona afrodescendiente acceda a cargos de dirección en el fútbol.

Esa lenta popularización del fútbol determinó que su selección demorara en despegar hasta la década de 1950, aunque el tercer puesto en el Mundial de 1938 demostró su potencial. Por fin lograron vencer las copas de 1958 y 1962, cuando aparecieron Pelé, Garrincha y una generación de fenómenos. En 1970, el tercer título les dio la Copa Jules Rimet en propiedad, aunque el trofeo no les duró mucho: en 1983 unos ladrones de poca monta lo robaron de la sede de la Confederación Brasileña de Fútbol y lo fundieron para aprovechar su oro, según la versión oficial.

Otro grave lastre fue la desorganización. En un país de tan extensas dimensiones, siempre pesaron los regionalismos. El enfrentamiento entre cariocas y paulistas por lo general afectó a los seleccionados, porque cada uno postulaba a sus jugadores. Hasta 1971 no existió un verdadero campeonato nacional y la principal actividad eran los torneos estaduales. Pero como estos tenían su tradición, no desaparecieron, lo cual sobrecargó el calendario interno. Por ejemplo, el título del torneo Río-San Pablo de 1966 fue compartido entre cuatro clubes porque no había fechas para jugar los desempates.

Los intereses políticos también influyeron. Cuando la dictadura instaurada en 1964 intentó perpetuarse formando un partido llamado Arena, apeló a dar una plaza en el campeonato a cada ciudad para captar adhesiones. "Donde Arena vota mal, un equipo al Nacional", decían los opositores. Así, el certamen de 1979 tuvo 94 participantes.

Tampoco faltó la corrupción. Joao Havelange, presidente de la FIFA, puso al frente de la CBF a su entonces yerno, Ricardo Texeira. El estallido del escándalo de la ISL, la agencia de derechos televisivos estrechamente vinculada al organismo rector del fútbol mundial, los arrastró a ambos cuando se comprobó que habían recibido coimas, aunque Havelange ya estaba retirado.

La organización del Mundial 2014 pareció una oportunidad para un nuevo despegue del fútbol brasileño. Ya se sabe cómo les fue en el torneo. Y en lo institucional el desastre no fue menor: la construcción de los estadios triplicó los costos previstos, en gran medida por facturaciones fraudulentas. Muchos de esos escenarios casi no se usaron después del Mundial. Una cara más de la ola de corrupción que sacude al país.

El juego.

Por lo común, los seleccionados brasileños combinaron preparaciones cuidadosas, pretendidamente científicas, con una dosis de fe en lo sobrenatural. Una de las medidas dispuestas tras la derrota ante Uruguay en Maracaná 1950 fue abandonar para siempre el uniforme blanco usado hasta ese día, acusado de perdedor, y sustituirlo por la camiseta amarilla con vivos verdes.

Antes del Mundial de Suecia 58 se realizaron completos estudios médicos y psicológicos a los futbolistas para verificar si estaban aptos para competir. A uno lo diagnosticaron como "adolescente inmaduro", "obviamente infantil" y "carente de espíritu de lucha"; a otro como "deficiente mental" e "irresponsable". Aquel era Pelé, este Garrincha. Obviamente, igual jugaron y fueron figuras extraordinarias. Para México 70, el cuerpo técnico estaba integrado por un numeroso plantel profesional. Se lo presentó como una forma de atender todos los detalles, pero en realidad entre ellos había oficiales militares cuya misión era impedir el contacto de los jugadores con los exiliados compatriotas.

Para colmo de males, un día empezaron las dudas sobre el estilo de juego brasileño. A partir de la década de 1970, cuando llegó el ocaso de cracks como Pelé, Gerson, Tostao, Jaizinho, se intentó dotar a la selección verdeamarilla de automatismos con matriz europea. Uno de los responsables de esa peregrina idea fue Claudio Coutinho, un militar y preparador físico devenido director técnico, que falleció pocos años después practicando pesca submarina. El resultado fue un Brasil feo e insípido, que igual fue tercero en Argentina ´78. Para España 82 quisieron volver a las fuentes y designaron a Telé Santana, un entrenador de esa línea, al frente del scratch. Aquel equipo jugó en altísimo nivel, regaló espectáculos pero fue eliminado sorpresivamente por Italia.

El debate quedó abierto en Brasil entre quienes defienden el viejo estilo y quienes buscan "modernizarlo". Generalmente se imponen estos e incluso volvieron a ganar dos mundiales, Estados Unidos 94 y Corea-Japón 2002, pero con una paradoja: aquellos campeones son recordados con menos devoción que los derrotados de 1982.

Sin embargo, en las infinitos espacios que brinda un territorio de ocho millones y medio de kilómetros cuadrados, desde la pampa riograndense al sertão y hasta en las playas donde se juega a toda hora, la pelota es una presencia constante en la vida de los brasileños. Eso alimenta la buen salud de su fútbol, a prueba de corrupciones, Coutinhos y Teixeiras, dolorido por maracanazos y eliminaciones por 7-1, pero capaz de levantarse y ponerse a bailar.

SUELDOS.

Algunos ricos y muchos pobres.

En Brasil se pagan hoy los mejores sueldos a los futbolistas en América del Sur. Un informe de la CBF de 2016 indicó que 276 de los 28.203 jugadores registrados perciben por lo menos 16.000 dólares mensuales. Y un selecto grupo de 35 cobra entre 64.000 y 160.000 dólares cada 30 días.

Sin embargo, el 82% del total apenas gana como máximo el equivalente a 315 dólares, apenas algo más del salario mínimo nacional.

TÍTULOS.

Desde el año 2000 conquistó 24 trofeos.

Desde 2000, las selecciones brasileñas lograron 24 títulos: una Copa del Mundo, tres copas de las Confederaciones, dos copas América, cuatro Sudamericanos sub 20, dos mundiales sub 20, seis sudamericanos sub 17, un mundial sub 17 y cuatro sudamericanos sub 15. Y el año pasado sumó lo que le faltaba, la medalla de oro olímpica de fútbol. No hay síntomas de decadencia, aunque cada tanto asome el temor a una crisis...

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)