HACIENDO HISTORIA

A 25 años del título en la Copa América 1995, única alegría en muchos años

Se le ganó la final a Brasil por penales después de una campaña no brillante pero sólida: antes y después, la Selección vivió entre polémicas y derrotas

Uruguay 1995
El plantel de Uruguay en la Copa América 1995 en la concentración de Los Aromos

Cuando Enzo Francescoli levantó la Copa América la soleada tarde del 23 de julio de 1995, hace ahora 25 años, el sentimiento del público que llenaba el Estadio Centenario era dejar atrás la larga serie de controversias y derrotas que había acompañado a la Selección desde hacía ya varios años. Vana esperanza: aquel triunfo representó la única alegría del fútbol uruguayo en mucho tiempo.

Desde comienzos de la década de 1990, la Celeste había vivido momentos tormentosos y resultados catastróficos. Luis Cubilla había sido designado para dirigir el equipo en 1991, respaldado por el consenso de la prensa tras sus triunfos en Paraguay, pero lo que pocos sabían era que estaba peleado con Paco Casal, ya factor de poder en el fútbol uruguayo. Entonces se desató el conflicto con los jugadores que él representaba. Para las eliminatorias del Mundial 1994 la situación se emparchó parcialmente, pero los primeros resultados adversos hicieron saltar esa solución provisoria.

Con la clasificación muy comprometida, Cubilla fue cesado. En su lugar asumió Ildo Maneiro, que logró cierta recuperación pero no alcanzó (Romario mediante) para llegar a Estados Unidos. En ese 1993 quedaba una última humillación: había un amistoso firmado con Alemania como visitantes. Maneiro ya había renunciado, ante lo cual Roberto Fleitas asumió más que nada como gauchada hacia la Celeste. Armó un plantel con los pocos futbolistas disponibles y viajó a Karlsruhe para sufrir un pesado 5-0.

En ese panorama, la AUF decidió poner la Selección en manos de un técnico “componedor”, Héctor Pichón Núñez, que combinaba el boliche criollo con la experiencia europea, por su larga trayectoria en España como jugador y entrenador.

Ya sin roces internos, casi al principio le tocó un hueso duro: un amistoso con España en La Coruña, en enero de 1995. Buena parte de los futbolistas uruguayos estaba de vacaciones. Pero se viajó y se logró un meritorio empate, que incluso pudo ser triunfo, en un partido recordado también por el debut de Álvaro Recoba con un sombrero a un rival.

Más tarde hubo una gira por Medellín, Dallas, Londres y Belgrado, que despertó las primeras discusiones. Como Peñarol objetó la presencia de algunos de sus jugadores en todo el viaje, la AUF manejó sancionarlos, pero Núñez resolvió el problema con una confesión muy gráfica: “Si me tengo que agrandar el esfínter para que la Selección funcione bien, no tendré ningún problema, lo haré porque llevamos veinticinco años peléandonos todos los días, siendo una ruina total para nuestro fútbol y dando la imagen que no debemos tener en el exterior”.

El gran objetivo de la temporada era la Copa América, cuya organización correspondía a Uruguay. Y había una tradición a defender, la de ser campeones siempre que el torneo se jugó en casa.

Núñez armó el equipo en base a jugadores con trayectoria europea, como Enzo Francescoli, José Herrera, Gustavo Poyet y Daniel Fonseca. En el ataque, en cambio, tomó una decisión sorpresiva: prefirió al joven Marcelo Otero, que se destacaba en el fútbol local, antes que el consagrado Ruben Sosa. En el mediocampo, confió en el trajín esforzado de Álvaro Gutiérrez, una revelación. Y Fernando Álvez volvió al arco tras cinco años.

La campaña no fue brillante, pero se logró el objetivo. En la serie se goleó 4-1 a Venezuela, luego 1-0 a Paraguay y se empató 1-1 con México, alineando a varios suplentes (el invicto de casi un siglo como locales se salvó casi sobre la hora). En los cuartos de final fue 2-1 a Bolivia, que tenía su mejor equipo en muchos años, y en la semifinal 2-0 a Colombia.

Brasil, con prácticamente el mismo plantel que había ganado el Mundial 1994, fue el rival en la final. Se empezó perdiendo, en una incidencia en la cual para colmo resultó fracturado el lateral celeste Tabaré Silva.

Núñez hizo cambios para el segundo tiempo. Uno de ellos, Pablo Bengoechea. Y el riverense aplicó toda su ciencia en tiros libres para empatar: su chanfle hizo pasar la pelota sobre la barrera para caer justo en el ángulo de un atónito Taffarel.

No hubo más goles, aunque un tiro libre cerca del final del especialista brasileño Roberto Carlos provocó sudores fríos a los aficionados uruguayos. Hubo que ir a los penales. Y los uruguayos resultaron infalibles como pocas veces: convirtieron Francescoli, Bengoechea, Herrera, Gutiérrez y Sergio Martínez. Álvez le había atajado a Tulio, por lo cual el remate de Manteca valió la Copa. El gol de Bengoechea y los penales se registraron en el arco de la Colombes, el mismo de los goles que valieron las copas de 1942, 1956 y 1967.

El festejo fue largo, pues los gritos de los hinchas se habían atragantado en tantos años de silencio. Desde los títulos de Nacional en su campaña 1988, el fútbol uruguayo no había conquistado nada a nivel internacional. Aquella Copa América parecía anunciar un resurgimiento. No fue así. Uruguay quedó eliminado del Mundial 1998, en un proceso de derrotas que se devoró las buenas intenciones de Núñez. Se logró la clasificación a Corea-Japón 2002, pero a los tres partidos se terminó aquel Mundial. Habría que esperar unos cuantos años más para celebrar la campaña en Sudáfrica y la Copa América 2011.

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