HACIENDO HISTORIA

Alemania e Inglaterra: un poco del aroma mundialista en 1977

Con Uruguay eliminado de Argentina ‘78, la única posibilidad de codearse con los grandes fueron algunos amistosos en el Estadio Centenario.

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Visita del campeón. No se confunda: si bien aquella noche de 1977 jugaron los tanques alemanes, el más grande en la foto es Quico Salomón, que saluda a Berti Vogts.

El invierno de 1977 fue frío y oscuro, en un tiempo frío y oscuro. El fútbol en particular todavía vivía bajo el trauma de la eliminación de la Copa del Mundo de Argentina ‘78. La competencia era allí, a un rato de viaje en barco o a minutos por avión, pero habría que seguirla por televisión. Y todo por haber perdido las eliminatorias ante Bolivia y Venezuela.

Para mayor lamento del hincha, cada semana llegaban noticias del Mundial, porque los europeos habían decidido aclimatarse al ambiente sudamericano con giras previas. Así, varios seleccionados se presentaron en Buenos Aires o Río de Janeiro a mediados del 77. Y dos de ellos también pasaron por Montevideo: Alemania (por entonces acompañada de las palabras "Occidental" o "Federal", porque estaba la "Oriental" o "Democrática", que también hizo su gira) e Inglaterra. Hace ahora 40 años, ambas selecciones dieron un soplo de aire mundialista al Estadio Centenario.

Iba a presentarse también Escocia, pero a último momento se canceló. De cualquier manera, venían dos campeones del mundo e incluso Alemania lo era en aquel momento.

Uruguay los recibió como esos anfitriones que no esperan visitas, tienen el living descuidado y apenas café para ofrecer. La Selección celeste se había desmovilizado tras la eliminación y no se había pensado en un nuevo técnico. La solución que se encontró fue designar en forma provisoria al profesor Omar Borrás, entonces con un cargo administrativo-deportivo en la AUF.

Todos los futbolistas convocados por Borrás pertenecían a clubes locales, como era costumbre entonces. Algunos que disputaron las eliminatorias quedaron afuera, más que nada por haber resultado muy golpeados por la experiencia: por ejemplo, Fernando Morena y Rodolfo Rodríguez. El entrenador se permitió sin embargo una audacia: citó a Juan Ramón Carrasco y Julio César Jiménez, los hombres más habilidosos de Nacional y Peñarol, y adelantó su idea de hacerlos jugar juntos. Sin embargo, Jiménez se lesionó cuatro días antes, en el partido contra Cerro por la Liga Mayor, por lo cual se cortó esa posibilidad. Y nunca más se pudo ver a esos dos ídolos vistiendo la misma camiseta.

Alemania salió a la cancha del Centenario (definida como "horriblemente mala" por los visitantes) el miércoles 8 de junio. El domingo anterior le había pasado por arriba a la Argentina de César Menotti en la Bombonera. Muchos temieron una goleada, pero el Centenario se llenó. Por Uruguay jugaron Omar Correa (en el segundo tiempo Freddy Clavijo), Julio Rivadavia, Francisco Salomón, Alfredo De los Santos, Darío Pereira, Beethoven Javier, Rudy Rodríguez, Juan Ramón Carrasco, Alberto Santelli, Ildo Maneiro y Washington Olivera (Juan Muhlethaler). Por Alemania: Burdenski, Rüssmann (Abramczik y luego Holzenbein), Vogts, Kaltz, Bonhoff, Dietz, Rummenigge, Flohe, Dieter Müller, Magath y Volker (Nogly).

Uruguay prefirió cuidarse y Alemania dominó el juego, pero sin parecerse a la máquina que había arrasado a los argentinos. Una de las cosas que más impresionaron al público fue la fuerza con la cual Bonhof —uno de los campeones mundiales del 74— ejecutaba los outballs: la pelota superaba la mitad de la cancha. A los 41 minutos, precisamente, Bonhof sacó con las manos directo al área chica. Hubo un despeje hacia la media luna, tal vez infracción de los atacantes, pero el árbitro argentino Ithurralde nada dijo. Flohe capturó esa pelota suelta y la clavó en la red.

En el segundo tiempo y en desventaja, Uruguay comenzó a animarse, también al comprobar que el cuco tenía dientes más chicos que los imaginados y no asustaba tanto. Maneiro tomó la batuta y los alemanes perdieron el control del juego. Cerca del final, Carrasco lanzó uno de sus habituales zapatazos. El golero Burdenski se arrojó, quiso rechazar, pero la pelota le dobló las manos y dio en el travesaño. Enseguida vino el contragolpe alemán: en tres toques llegaron al área y Müller marcó el segundo gol. Una diferencia que muchos estimaron exagerada. "Uruguay planificó muy bien, jugó sin complejos y perdió sin merecerlo", tituló El País en su primera plana.

El 15 de junio se presentó Inglaterra ante los mismos once uruguayos, salvo la titularidad de Clavijo en el arco. A pesar de sus pergaminos como inventores del fútbol y campeones mundiales 1966, aquellos ingleses eran otra cosa: estaban a punto de ser eliminados del Mundial. Traían a la estrella Kevin Keegan, que llegó a ser elegido jugador del año europeo en 1978 y 1979: esa noche mostró su habilidad en permanente movimiento, pero lejos, muy lejos del área.

De hecho, el partido fue un aburridísimo cero a cero, sin jugadas de gol. "Inglaterra es poco y nosotros, menos", tituló Carlos Soto su comentario en El País. La revista Sport Ilustrado tomó una medida más drástica: dejó en blanco el espacio reservado al comentario. Y su director, Enrique Rodríguez Mallada, aseguró lisa y llanamente que fue el peor partido que había visto en su vida.

Tras esos dos amistosos, el equipo celeste volvió a disolverse en la indiferencia. Recién a comienzos de 1978, ya conducido por Hugo Bagnulo, volvió a reunirse rápida y casi informalmente para nuevos compromisos frente a adversarios mundialistas: tres partidos con Argentina y uno con España. Borrás ya había vuelto a su oficina en la AUF, de la cual saldría nuevamente en 1982 para dirigir a la Selección en Calcuta, otra historia y más extensa que la de 1977. Cuando un par de ráfagas trajeron de Buenos Aires los aromas del Mundial y después los dispersaron en el viento invernal.

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