LA POSTA

El ADN de Peñarol según la historia

Guzmán Pereira y Ángel Rodríguez se harán cargo de una institución dentro de otra.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Gonçalves y Obdulio, dos leyendas del aurinegro. Foto: El País

Cuando el equipo remaba contra la corriente al final del Torneo Clausura, el presidente lanzó mensaje con sentido poco menos que refundacional: "Hay que traer jugadores con el ADN de Peñarol".

Sin decirlo en forma explícita, Juan Pedro Damiani se refería a futbolistas de personalidad y, casi seguro, metedores, "raspadores", por lo que ahora podría pensarse que la llegada de Guzmán Pereira y Ángel Rodríguez no se corresponde plenamente con aquel anuncio, pues son volantes de contención, pero más bien mixtos, no de marca pura, que se caracterizan por su entrega, dinámica y buen manejo de pelota; pero no es tan así: el matiz existe, sólo que es una consecuencia de la transformación que fue teniendo esa función en Peñarol con el paso de la historia, donde primero el "5" y después el "doble 5", por la gravitación que tuvieron algunos de los que cumplieron esos roles, terminaron siendo casi una institución dentro de otra.

La huella original la marcó John Harley que, además de haber sido el primer gran "centre-half"("centrojás")del CURCC, impuso un cambio de estilo: a diferencia de los ingleses, que trajeron la semilla del fútbol vertical y de pases largos, el escocés nacido en Glasgow distribuía la pelota en forma un poco más pausada, y en base a pases cortos.

En los años 20 y 30, la segunda generación ya tuvo la incidencia de los genes en la descendencia de otra de las grandes corrientes migratorias que llegaron desde Europa: Lorenzo Fernández y Álvaro Gestido; el "Gallego" alto, recio, fornido y duro, y el "centrojás" que hacía sentir el rigor de una gran condición física nacida a partir de su formación militar, pero con una limpieza inmaculada que hizo que lo llamaran "El caballero del deporte".

En los 40, procedente de Wanderers, llegó Obdulio Varela con algo de cada uno de sus grandes antecesores: personalidad, ascendencia sobre compañeros y rivales, potencia y dirección para tirar al arco, y prolijo trato de la pelota; porque Obdulio no era uno de esos "5" de marca netos que avasallaba por su dureza física y los efectos del contacto y el roce: imponía presencia con la clase y el don para ubicarse justo, y un tranco resuelto al que el tono de voz firme y el gesto serio, adusto, terminaban condecorándolo con el galardón de capitán severo y sin concesiones.

En 1957, concretamente, la matriz cambió en forma brusca: nacido en Cabellos, Artigas, pero desde el fútbol de Salto, llegó Néstor Gonçalves, un "paisano" orejano, agreste, dueño de un vozarrón más sonoro, altanero y mandón que el de Obdulio, que era durísimo en el quite y para trancar fuerte con todo lo que se moviera en torno suyo, y tenía incorporado una especie de "tic" futbolístico: hacía un giro sobre sí mismo antes de pasar la pelota, como si plantado en el medio de la cancha quisiera dejar marcado con un círculo el límite de los dominios del señor feudal que mandaba esa zona.

A fines de los 60, cuando "Tito" ya veía el retiro en el horizonte, desde Racing llegó Alfredo Lamas, un "5" clásico, técnico, exquisito hasta para recuperar la pelota, cuyo estilo no terminó de echar raíces en Peñarol por dos razones: la tradición escrita a la fuerza por la mayoría de sus antecesores y el signo de un ciclo en el cual Nacional salió campeón uruguayo con una reiteración que no imponía desde hacía mucho.

Esto último, precisamente, hizo que —como antídoto— en 1973, con Juan Ricardo Faccio de entrenador, Peñarol patentara el "doble 5" en el fútbol local, sembrando la mediacancha con un par de volantes casi gemelos, de dientes apretados, fogoneros y recuperadores, a los que se les llamó "picapedreros" por el cumplimiento utilitario de un trabajo a destajo cuyo reinado —cuestionado por muchos— se extendió por dos generaciones: en los 70, Ramón Silva y Nelson Acosta; y en los 80, Miguel Bossio y Mario Saralegui.

Sin embargo, pasada la mitad de la década del 80, Peñarol tuvo un "revival" y volvió al "5", el volante central, patrón por antonomasia, eje medular del funcionamiento del equipo, por su temperamento y su fútbol: como representando una síntesis final de un ciclo, el "Chueco" Perdomo tuvo un poco o algo (ver aparte) de cada uno de sus antecesores.

El ADN del mediocampo de Peñarol, pues, al que se debe haber querido referir Damiani, es ese: el perfil y los rasgos de identidad han ido mutando, pero siempre con la misma esencia a través de la historia.

Por eso, Guzmán Pereira y Ángel Rodríguez son los dos herederos que, hijos de esa transformación, llegan para recoger la posta.

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