BÁSQUETBOL

Un viaje por África que se interrumpió

Su pasado de basquetbolista le permitió salvarse de robo y secuestro.

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Foto: Darwin Borrelli.

Muzungu Blues, es el sexto libro de Horacio López. “La Vereda del Destino”, “Almas de Vagar”, “La Fiesta Inolvidable”, “El Camino es la Recompensa” y “Lo No Dicho” antecedieron a este diario de viaje por África. Sin embargo, “Tato” se niega a reconocerse como escritor. “Soy un basquetbolista retirado que escribe”, se define sentado en el restaurante del Club Brasileño, un lugar que le trae recuerdos de los bailes de 15 de su adolescencia.

En el libro se describen las vivencias de un muzungu, como le llaman los lugareños al hombre blanco, que recorrió Kenia y Uganda durante seis meses. Claro que a este muzungu no le interesa viajar como hacen los hombres blancos, ni alojarse en los lugares que ellos eligen. Por eso le explicaba a los locales que él era un muzungu africano.

La intención de López no fue ir a África para escribir un segundo diario de viaje, algo en lo que ya había incursionado en su segunda obra, “Almas de Vagar”. Y cuando arrancó con “La Vereda del Destino”, su libro autobiográfico, nunca pensó que iba a escribir cinco más. “Jamás se me pasó por la cabeza. Cada vez que me dan un nuevo libro en la imprenta me quedo extasiado mirándolo. Y no lo puedo creer”.

De sus libros, los dos más vendidos fueron el primero, “La Vereda del Destino”, y “El Camino es la Recompensa”, sobre conversaciones con Tabárez. Pero tampoco es vender muchos libros el propósito del exbasquetbolista. Lo que lo hace más feliz es el retorno, lo que recibe de los lectores. “De la gente del deporte, de los viajeros, del mundo de las adicciones que es muy groso, el retorno del ciudadano. Aunque también recibo algún palo”, admitió riendo.

El viaje de “Tato” fue interrumpido cuando iba a pasar la frontera de Kenia a Uganda y se enteró por un correo electrónico que su padre había fallecido. Hacía días que no revisaba el correo y le sorprendió uno de un conocido del básquetbol que le daba su pésame. Siguió buscando hasta que encontró uno anterior, de su madre. Se volvió enseguida a Uruguay. Y aunque luego regresó a terminar el viaje, ya no fue lo mismo. “Cualquier cosa que pasaba me conectaba con mi padre. Subía un hombre canoso al ómnibus, aunque hay pocos canosos en África, y ya me enganchaba con mi viejo”, relató.

Quizás por eso la segunda parte del viaje se hizo interminable. “Fue como que quería seguir viajando, o me negaba a volver. Después de África, fui a Nueva Zelanda, a China y después me bajé en Lima”.

La idea de escribir el libro no se le ocurrió mientras viajaba, aunque siempre anotaba cosas en una libretita negra que lleva consigo y cada tres o cuatro días se sentaba a poner al día su diario de viaje. “La idea del libro surgió cuando ya estaba de vuelta y tenía dos propósitos. El primero: homenajear a mi padre. Y el segundo: contar qué pasa en África, el continente de la piedad y el desprecio. Esos eran mis objetivos. Estuve un año intentando escribir el libro que se iba a llamar Mochila al Cielo. Pasó un año y no lo pude escribir. Me angustiaba mucho y además me di cuenta que había muchas cosas, complicidades mías con mi padre, que no estaba dispuesto a contar. Entonces, decidí no escribir el libro. Pero luego opté por hacerlo sólo sobre el viaje, pero terminarlo cuando me enteré de la muerte de mi viejo”, relató.

Y eso fue lo que hizo, siempre interactuando con Maqui Dutto, mucho más que una correctora en los libros de “Tato”. “El libro termina con un epílogo en el que le hablo a mi viejo”, dijo intentando disimular su tristeza.

“Lo que más me conmovió de África fue darme cuenta el por qué de muchas cosas. Descubrir una tierra que fue invadida y violentada de tal manera que se quedó en eso. Luego vinieron las independencias, pero esas independencias no permiten el desarrollo social. Esas democracias sirven a los intereses de los que las crearon. El mundo de los africanos es la tribu, es el clan. Por ejemplo, en Uganda hay actualmente cinco reinos, algo que nunca había escuchado ni siquiera estando en África. Hay un presidente, sí, pero para ellos lo importante son los reinos, que en realidad no son reinos sino organizaciones tribales”, explicó el exjugador de básquet.

“En África hay poblaciones donde el 25% de la gente tiene HIV. Y sigue siendo un lugar donde los extranjeros se llevan la materia prima y por eso no se le permite crecer a la gente. No les dejan crecer y les quitaron gran parte de su cultura. El viaje fue constatar todo eso. Me di cuenta, por ejemplo, que en Malawi la expectativa de vida es de 46 años y yo con 53 estaba viajando por ahí. ¡Y era un anciano!”.

Salvajes.

En Uganda “Tato” visitó a los gorilas y los chimpancés en la jungla. Era algo que fue dispuesto a hacer. “Se organizan viajes de ocho o diez personas y vas con diez guardaparques, que van armados. ¡Es alucinante, increíble! Son familias de gorilas que están habituadas al ser humano, que reconocen al ser humano, pero igual te dan instrucciones de cómo manejarte. Nunca vayas a querer tocarlos, ni mirarlos a los ojos, y no te pongas en su camino. Si el macho alfa te llega a mirar, agachate y mirá para abajo. Es mucho más impactante el habitab de los gorilas que el de los chimpancés. Es un parque que se llama Windy Impenetrable. Vas caminando por un mundo cerrado donde ves el sol de a ratos si salís y pisás una acumulación de hojas que tiene siglos y siglos. Estar con los monos es muy fuerte. El animal salvaje tiene una belleza, una tranquilidad y una seguridad en sí mismo que te impresiona”.López asegura que su forma de viajar, mezclándose entre la gente, le permite conocer la verdadera cultura del lugar. Pero en África el turismo es muy caro y está encapsulado. No hay muchos viajeros independientes, como “Tato”, que gusta de hacer su propio camino. Cuando fue a ver los chimpancés, por ejemplo, no se quedó en el hotel que le sugirieron y que salía 150 o 200 dólares por día. Se quedó en un poblado cercano, en un lugar que terminó siendo una wiskería. “Había una señora que regenteaba y dos chicas. A veces precisaban el cuarto y me pasaban para la pieza de ellas”.

En otro poblado salió a caminar y encontró un orfanato. “Entré y los chiquilines me cantaron una canción de bienvenida en inglés. Me fueron a buscar agua y le hice una donación a la encargada, porque ellos viven de las donaciones. Luego le pedí si me podía alojar ahí, porque estaba en uno de esos hoteles donde roban a los turistas. Ella me dijo que no, porque los alojamientos del lugar colaboran con ellos, les dan comida y sábanas y que si me quedaba podían acusarlos de sacarles los clientes. Eso también muestra cómo funcionan las cosas en África. Ella me explicó que ni los dueños de ese hotel caro eran de ahí, ni los que lo regenteaban, que los únicos que eran de ahí eran los trabajadores”.

Bajo tensión.

En un momento en la frontera de Kenia con Uganda lo quisieron robar y secuestrar. Y se tiró para abajo de la camioneta, a plena luz del día, agarrando fuerte su mochila. Es consciente que su pasado de jugador de básquet lo ayudó. “Reaccioné de esa forma porque nací en una época que defino como del ‘básquetbol de la cicatriz’. Cada partido te dejaba una marca. Hasta el día de hoy vas a la cantina de Bohemios y todo el mundo se acuerda de aquel partido que jugamos en la cancha de Capitol en el Federal del 79. Yo crecí en un mundo del básquetbol donde tenías que tener claro que lo fácil lo hacía cualquiera, que había que jugar cuando las cosas eran difíciles. Y como desde chiquito tuve muchas responsabilidades, siempre supe que la responsabilidad en el partido iba a ser mía, tomo mejores decisiones bajo tensión. Bajo tensión no le erro. Todo eso me lo dio el básquetbol”.“Tato” lleva ya 20 años de retirado. Quizás por eso ya no quiere hablar más de lo que pasó en los Juegos Olímpicos de Los Angeles, el punto más alto de su carrera. “Si querés te hago el ‘speech’; fue maravilloso, jugábamos bien y éramos uruguayos. Pero prefiero no hablar del 88 porque si la dirigencia hubiera hecho las cosas moderadamente bien hubiéramos peleado la medalla de bronce”, finalizó quien hoy no trabaja formalmente en el básquetbol, pero el de la pelota naranja sigue siendo su mundo.

Medir 2.08 no es lo que importa.

“Hoy en día tener talento ya no es tener condiciones innatas para determinado deporte, o una facilidad técnica natural. Hoy el talento es saber cómo desarrollar esas capacidades innatas al máximo. Porque puede haber un chiquilín de 15 años que mide 2.08, corre y salta, pero que de repente no entiende nada. Se lo va a comer otro que no mide tanto, ni corre ni salta, pero que sabe cómo hay que entrenar y cómo hay que alimentarse. El talento es saber desarrollarse”.

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