NBA

Las luces, las sombras y los grises de Michael Jordan, el mejor basquetbolista de la historia

La serie The last dance puso de nuevo en el primer plano a MJ, un jugador extraordinario que también tuvo sus polémicas

Michael Jordan
Michael Jordan

LO BUENO. UN JUGADOR ESPECTACULAR Y DECISIVO

Michael Jordan seguramente fue el mejor basquetbolista de la historia. Nunca hubo un jugador tan dominante en la NBA, que concentra a los más fuertes, ágiles y hábiles de este juego. Sus éxitos fueron rotundos: seis veces campeón en la NBA, dos veces campeón olímpico, diez veces el goleador de la temporada, cinco veces el mejor jugador de la temporada, seis veces el mejor en las finales, con un promedio de gol de 30,1 en temporadas regulares y de 33,4 en los playoffs. Sus números empeoraron un poco cuando, ya veterano, regresó de su segundo retiro para defender a los Wizards.

Jugaba como escolta, pero su versatilidad le permitía hacer todo: resultaba muy bueno construyendo juego, pasando la pelota y capturando rebotes. Era un excelente defensa, muy ducho en el robo del balón. Y por sobre todo, un goleador implacable.

Además, daba espectáculo en una liga que busca ser espectacular. Pese a no ser demasiado alto en ese mundo de colosos (mide 1,98) su capacidad de salto era fenomenal. Cuando ganó el concurso de “hundidas” en 1988, pareció caminar en el aire. Por eso lo apodaron Air Jordan, el nombre que lleva su línea de calzado deportivo. Otra de sus especialidades era el fade away, un tiro en suspensión lanzándose hacia atrás.

Y, por si fuera poco, era el hombre en el cual su equipo podía confiar en el momento decisivo. Sus números son todavía mejores en las finales. El último tiro, el que podía decidir un partido cerrado, era siempre suyo. Él hacía cuestión de eso, y nadie estaba en condiciones de discutírselo.

Así fue la última vez que tocó la pelota jugando para los Bulls. En la sexta final de 1998 frente a Utah Jazz y con el resultado adverso 86-85 faltando 19 segundos, recuperó la pelota, avanzó midiendo el tiempo y al rival que lo marcaba, y cuando quedaban cinco segundos y dos décimas, sacó su tiro desde unos seis metros. Fue doble, triunfo y su sexto campeonato.

LOS GRISES: UN SENTIDO EXTREMO DE LA COMPETENCIA

El combustible que alimentaba las grandes actuaciones de Jordan era su extremo sentido de la competencia, su obsesión por ganar siempre. Eso lo llevaba a exigir a sus compañeros de equipo que estuvieran a su altura, lo cual no era fácil tratándose del mejor jugador de todos los tiempos. Quien no sabía responder a eso, se asegura, era despreciado por MJ. Y en cambio comenzaba a valorar de otra forma a quienes se atrevían a desafiarlo en los entrenamientos.

Eso, con sus compañeros. Si era un rival el que osaba plantarle un desafío, o si festejaba un triunfo sobre los Bulls en forma que él entendía desmedida, Jordan prácticamente se ensañaba la siguiente ocasión en que se enfrentaban en una cancha, anulándolo hasta la humillación. A veces ni siquiera había un desplante previo del rival para justificarlo, como el mismo MJ admitió en The last dance

La explicación en la interna era que, con esa presión sobre sus compañeros, los ayudó a mejorar como jugadores, con lo cual terminaban ganando todos. Esa personalidad avasallante no fue del agrado de muchos de los que compartieron equipo con él, aunque reconocen por supuesto su enorme categoría de crack y los títulos que gracias a él consiguieron. Pese a todo, el entrenador Phil Jackson logró que Jordan aceptara repartir más el juego durante los partidos: recién con esa acción colectiva los Bulls alcanzaron sus títulos.

La competitividad a ultranza es bastante habitual en los deportistas de élite: a las mayores alturas no se llega con la indiferencia ante el triunfo o la derrota. Por lo común, esa actitud a veces emparentada con el egoísmo se encuentra en los deportistas individuales, donde es "yo contra el otro". También hay casos en los deportes de equipo, con estrellas que buscan el éxito personal apoyándose en el éxito del conjunto. Por ejemplo, el goleador que no grita los goles de sus compañeros. En todo caso, debe concluirse que la personalidad de las superestrellas no es igual a la del resto de la gente.

LO MALO: ADICCIÓN AL JUEGO Y FALTA DE COMPROMISO SOCIAL

The last dance no esquiva la complicada relación de Jordan con las apuestas, aunque quizás no exploró a fondo el tema. La adicción del astro al juego saltó cuando se encontraron cheques suyos en poder de delincuentes arrestados. Aunque apostaba sumas muy fuertes, su gran fortuna por supuesto lo salvó de la bancarrota que acecha a los ludópatas. Circulan teorías conspirativas que aseguran que su primer retiro en 1993 e incluso el asesinato de su padre estuvieron ligados al juego.

Se trató de explicar esa adicción por la necesidad de Jordan de estar probándose continuamente. Y de probar que era siempre el número uno. Aunque fuera con trampa. Por ejemplo, se cuenta que llegó a apostar a sus compañeros que sus valijas serían las primeras en aparecer en la cinta del aeropuerto, luego de darle unos dólares a los maleteros para que así fuera.

También se cuestionó su falta de compromiso con los problemas de la gente y, en particular, de las personas negras, pese a que creció en Carolina del Norte, un estado donde la organización racista Ku Klux Klan actuaba sin cortapisas. En 1990 se le pidió que brindara al menos una palabra de apoyo al candidato demócrata negro Harvey Grant, que competía en las elecciones para el Senado con el republicano Jesse Helms, considerado un incorregible racista, que votó contra todos los derechos civiles e incluso rechazó rendir homenaje a Martin Luther King. Pero se negó, apoyándose en una postura alejada de la política. "Los republicanos también compran zapatos deportivos", comentó él. Si bien asegura que fue en broma, la imagen que reflejó fue la de alguien que pone los intereses comerciales por delante de todo. Para peor, Grant perdió las elecciones.

Recién en 2016, después de una serie de episodios de violencia policial contra personas negras, Jordan hizo un pronunciamiento enérgico frente a los actos racistas. Lo tituló “No quiero permanecer callado por más tiempo”, con lo cual parecía admitir que había demorado sus pronunciamientos.

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