HISTORIAS

Canessa, el rugby y Los Andes

A 45 años de los episodios de la cordillera cuenta cómo el deporte los unió y los ayudó a sobrevivir.

Foto: Archivo El País
Foto: Archivo El País

Cuarenta y cinco años atrás, Roberto Canessa era un joven jugador de rugby de Old Christians que soñaba con recibirse de médico. Hoy, el cardiólogo infantil Roberto Canessa se hace un momento en su consultorio del Hospital Italiano para desplegar fotos que recuerdan aquellos años.

Entre todas las imágenes, el cronista no puede evitar detenerse especialmente en una. Es la formación de Old Christians que viajó a a Chile a jugar unos amistosos frente a Old Boys de Santiago en 1971. Hay rostros juveniles que se siguen reconociendo pese a los años. Se adivinan las camisetas azules con el trébol en el pecho, pese al blanco y negro de la foto. Y, como fondo de todo, siempre la cordillera de los Andes.

Aquella vez uruguayos y chilenos acordaron volver a jugar en 1972. Los partidos, como se sabe, no llegaron a realizarse, perdidos en esas mismas montañas.

El rugby estuvo en el centro de aquel episodio de 72 días que marcó a sus protagonistas y familiares, conmovió al país e impactó al mundo. Por estos días, por ejemplo, el Senado uruguayo organizó un homenaje a los que volvieron y a los que quedaron en la montaña. El rugby fue el motivo del viaje que originó la tragedia, pero también ayudó a convertirla en un milagro.

Canessa, a quien apodaban Músculo porque si había que vencer un obstáculo no se detenía a pensarlo dos veces, pudo cumplir su vocación por la Medicina. Sin embargo, nunca se alejó totalmente del deporte de la pelota ovalada. Estos son sus recuerdos de aquellos días, los de los Andes, pero también los que sucedieron antes y los que vinieron después.

Empecé a jugar con 18 años en primera división y también en la selección.

Era medio scrum en el colegio. Mi compañero Pepe Pollack me dijo que yo era muy ‘comilón’ y tenía que ir a jugar de wing. Y así pasé a esa posición. De niño era muy chiquito, pero en la pubertad agarré polenta en las piernas, tenía un buen pique corto. Andaba mucho en bicicleta y eso me ayudaba. En la escuela jugué también al fútbol, de golero. Y cuando dejé el rugby volví al fútbol, con el equipo de veteranos de Pablo Forlán en el Carrasco Lawn Tennis. Fue muy divertido. Diego era chico y nos alcanzaba la pelota.

En el colegio hubo una mezcla de culturas entre los irlandeses y los uruguayos.

Los curas del Stella Maris vieron que en el fútbol se insulta al juez o a un contrario que nunca viste en tu vida. Y entonces decidieron jugar al rugby, un deporte en el cual el juez siempre tiene razón. ‘Eso no es justo’, me quejé. ‘¿Y quién le dijo a usted que la vida es justa?’, me respondió el cura. Ellos venían de la Irlanda sometida por Inglaterra, habían pasado guerras, de todo, y nosotros no sabíamos nada de eso. El rugby fue tan importante que cuando se terminaba la etapa del colegio se decidió fundar un cuadro entre nosotros para seguir jugando, unos años antes de que yo ingresara. En esa época al rugby jugaban los de ascendencia inglesa, sin entrenar mucho. Nosotros nos empezamos a entrenar con Tito Berginella, el profesor del colegio.

En 1971 habíamos ido a jugar a Chile contra Old Boys, el equipo del Grange School de Santiago, y fue espectacular.

La gente era muy cálida y el país muy pintoresco. Para llegar a la cancha, que estaba en la zona de La Dehesa, en las afueras de Santiago, había que cruzar un puente de madera. Nos impresionaban mucho la cordillera, los ríos que bajaban de la montaña. Por eso decidimos repetir el viaje en 1972. Ese año creo que perdimos el campeonato uruguayo y alguno comentó que no merecíamos viajar. Iban a ser dos partidos, sábado y domingo, con una fiesta en el medio.

Hubo cosas del rugby que nos ayudaron a sobrevivir en la cordillera.

Los que salimos caminando a buscar ayuda (Fernando Parrado, Antonio Vizintin y él mismo; Vizintin luego regresó), los tres éramos rugbistas. Ninguno de los tres fumaba. Evidentemente éramos los mejor entrenados. También la edad nos ayudaba muchísimo.

Otra cosa que nos ayudó fue la amistad que crea el deporte.

Vos veías un amigo que estaba bajoneado o se ponía agresivo y te dabas cuenta que estaba estresado. Te contaba que se estaba sintiendo muy mal y se sentía mejor si lo acompañabas. Esos 72 días en la cordillera fueron un gran tercer tiempo. El capitán, Marcelo Pérez (murió en la montaña) nos ayudó mucho a los más jóvenes. Era algo mayor, nos alentaba a mí y a otros.

Con Gustavo Zerbino teníamos una relación igual que en la cancha.

‘Andá para allá, para acá’, nos decíamos. Fue el que me dijo: ‘Hoy se murió Numa (Turcatti), hay que salir, si no nos vamos a morir todos. Ahora estamos en tus manos, tratemos de ganar el partido’.

PABLO ITURRIA

“Fue una etapa extraordinaria de mi vida”

“Jugar con Roberto, jugar en Old Christians, fue una etapa extraordinaria de mi vida. Me tocó gente muy buena, como compañeros y como jugadores. Era muy divertido. Nos pasábamos riendo, disfrutando todos los partidos. Y también ganábamos”, cuenta Pablo Iturria, quien ingresó a la primera cuando el equipo quedó desarmado tras el accidente. “Era un infierno cómo corría Canessa. Mutio era el medio scrum y yo el apertura. Entre los dos armábamos las jugadas. A Roberto lo veía bastante lejos, por su posición en la cancha, pero de repente lo escuchábamos gritar: ‘¡Once, once!’ (imita su voz), por el número de su camiseta, pidiendo la pelota. Y le quedó ‘Once’. Después arrancaba por la punta y te pasaba por arriba. Jugaba muy bien y era muy limpio en la cancha. Creo que nunca tuvo un problema en ese sentido”, agrega.

“El rugby es un deporte que une mucho a sus integrantes. No hay figuras ni celos, como pasa a veces en el fútbol. Cada uno tiene que cumplir lo suyo para que todo salga bien. Cuando ves a tus compañeros romperse el alma por el equipo, tenés que romperte vos también. Y a nosotros, el accidente de los Andes nos unió más todavía”, asegura.

Para mí el tema de la comida estaba claro.

No era la manera más convencional pero era la única fuente de proteínas que teníamos. La idea era que si yo me moría me entregaba a los demás es muy del deporte. Dar hasta más allá de la vida.

Nunca dudé en volver a jugar al rugby, porque mi equipo me necesitaba más que antes.

Lo mismo pensaban los demás. Cuando regresé de la cordillera pesaba 50 kilos. Mi peso habitual era de 82... Empecé a engordar un kilo por día, pero todo con grasas, y llegué a parecer una manzanita, todo redondo. Entonces volví a andar en bicicleta. Me iba de Carrasco a Pocitos, a la casa de los Strauch, y así fui musculando. Ya en marzo de 1973 estaba jugando. Claro, tenía 19 años...

De los Andes regresamos solo cinco jugadores y hubo que hacer el equipo de Old Christians de nuevo.

Volvió Berginella para rearmar el cuadro. Dijo que iba a ser un proceso de muchos años. Se sumaron los hermanos de los fallecidos, como Alejandro Nicolich. Jorge Zerbino estaba en otro equipo y vino a darnos una mano. Empezó a jugar Peti Mutio, que es menor que nosotros. Y ese año 1973 ya salimos campeones.

Creo que fue la mística de los que no estaban lo que nos llevó a ganar. 

El cuadro estaba conmovido y motivado. Y entonces aprendí que más importante que cómo uno hace las cosas es el por qué. El por qué era el compromiso con la memoria de los compañeros que ya no estaban. Era muy emocionante ver en la cancha a los padres de esos compañeros, alentándonos. Recuerdo el abrazo que me dio Arturo Nogueira cuando salimos campeones. Me conmovió hasta las lágrimas porque el hijo ya no estaba y él siguió al equipo todo el campeonato.

Foto: Archivo El País
Foto: Archivo El País

La gran rivalidad de esa época era con La Cachila.

Después de los partidos nos reuníamos en la casa de Milka Lombardero, una gran hincha, porque no teníamos sede. Cuando los de La Cachila nos ganaban nos mandaban un kilo de huevos y ese tipo de bromas. Y recuerdo cómo esa gente se nos acercó y nos apoyó. Estábamos unidos por la rivalidad deportiva en vez de estar separados.

Dos años después del accidente se instauró la Copa de la Amistad, en honor de los que no volvieron y del partido que nunca se jugó.

Se disputa todos los años con Old Boys, con sedes alternadas. Eso fue creciendo de una forma exponencial. Los veteranos seguimos jugando pero se agregaban los más jóvenes. Y se engancharon las mujeres con el hockey. También se agregó el fútbol y así llegamos a delegaciones de 100 personas. Hasta tenis y golf llegamos a jugar alguna vez. Cada deporte organiza sus actividades. Y se suman los puntos de todas las categorías y deportes.

Seguí jugando en primera hasta los 30 años.

También me invitaron a los 75 años del CASI en Argentina en 1977 y al equipo de Sudamérica XV en 1980. Se formó un seleccionado sudamericano para jugar en Sudáfrica. Eran casi todos Pumas argentinos pero también citaron a un paraguayo y a mí. Fue una oportunidad para ver y jugar con los monstruos. Recuerdo que durante una práctica en el club Belgrano de Buenos Aires, agarré la pelota y sentí que un tipo me la pedía. Era Petersen, el wing forward de los Pumas. Nunca un wing forward llega a ese lugar, pero él tenía un despliegue físico increíble. El tipo ya estaba ahí para recibirla. Éramos amateurs, nos daban solo 10 dólares de viático por día, pero ellos parecían profesionales. En Sudáfrica descubrimos que el público aplaudía las buenas jugadas del otro equipo. Ellos tenían un rugby muy estructurado, el nuestro era más movido, suelto, más ‘afrancesado’. Y entonces les gustaban nuestras jugadas. A esa gira fui como corresponsal de El País. Fui a hablar con Daniel Scheck y me dio unos pesos. Mandaba las notas a través de los viejos télex y le traje un buen regalo a mi señora.

Estamos de nuevo en 2017. La entrevista se termina porque siguen las consultas del Dr. Canessa. Queda una última reflexión: “La sensación de entregarlo todo es muy del rugby. No buscar el resultado, sino buscar la entrega. Dar lo máximo de ti mismo, no importa el resultado sino haber llevado tu capacidad hasta el fin del partido. También eso es muy de la montaña”.

El recuerdo de "Peti" Mutio 
"Eramos 14 y Roberto"
Foto: Archivo El País

“Nosotros decíamos en chiste que éramos 14 y Roberto”, cuenta Peti Mutio, compañero de Canessa durante muchos años en la primera de Old Christians.

“Era un wing tres cuartos bárbaro. Un jugador muy personal. El rugby es un deporte de 15, lo importante es el equipo, pero él era medio individualista. Tenía mucho convencimiento y amor propio. Muy rápido y muy bueno con las manos para sacarse de encima a quienes iban a marcarlo. Corría bien sobre la línea de costado. Parecía que se iba, pero se mantenía en la cancha. Como era potente, no lo sacaban de la cancha. Se aburrió de hacer tries”, asegura.

“Canessa inventaba jugadas que solo él veía. Todos quedaban desconcertados, sus compañeros, los rivales y hasta los jueces. Una vez con Los Teros, contra Canadá, estábamos todos atrás. Normalmente en esos casos se tira la pelota afuera. El tomó la pelota y empezó a correr, para adelante, para el costado, para atrás. Nadie sabía dónde iba, pero nadie podía pararlo. Todo el equipo rival lo corría. Hasta que hizo el try. Fue de película”.

“Otra vez, contra los Pumas, amagó un pase hacia afuera, algo que nunca se da, sus dos marcadores se fueron al amague y él se cortó para adentro para otro try”, recuerda.

“La mejor de todas fue en Tucumán ante Chile, nuestro gran rival en los Sudamericanos -cuenta Mutio-. Faltaban dos o tres minutos e íbamos perdiendo por dos puntos. La única forma de pasar a ganar era con un penal. Teníamos uno pero como a 70 metros de los palos, más atrás de la mitad de la cancha y contra un costado. Nuestro pateador era Jorge Zerbino, que tenía una técnica bárbara. Pero estábamos tan cansados que solo pensábamos en tirarla afuera. De repente Roberto grita desde atrás, pidiéndole a Jorge patear el penal. Todos lo miramos como si estuviera loco y pensamos: ‘marchamos’. Los chilenos ya festejaban. Roberto colocó la pelota como un zeppelín, con la punta hacia adelante, levemente inclinada y le pegó tal patada que la metió entre los palos, bien por arriba. El jefe de la delegación, Domingo Tricánico, entró a la cancha a festejar y casi se desmaya. Luego le preguntamos a Jorge por qué lo había dejado patear a Roberto y nos dijo que lo había visto con mucha fe . Solo Roberto podía hacer algo así. Nunca más se metió una pelota desde ese lugar...”

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