ESPAÑA

Cómo tener de aliado a Suárez para ser mejor dentro y fuera de la cancha

Los secretos de una amistad que trae buenos resultados dentro y fuera de la cancha.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Messi y Suárez festejan un gol del Barcelona. Foto: EFE

El día que Luis Suárez mordió el hombro del italiano Chiellini se produjo un momento de consecuencias inesperadas para Lionel Messi, sumido en la época del Mundial de Brasil en uno de los melancólicos períodos que nadie logra descifrar.

El destino del uruguayo era el Real Madrid, donde Florentino Pérez, tan meticuloso con las cuestiones estéticas, le echaba en cara una cierta tosquedad. El incidente de Suárez con el central italiano desactivó inmediatamente las negociaciones.

Lejos de mortificarse por la agresión y sus consecuencias, el Barça aceleró el fichaje por 80 millones de dólares. A su favor tenía la renuncia del Real Madrid y la querencia barcelonista del delantero uruguayo. Los padres de Sofía, su esposa, residían desde hacía años en Castelldefells, localidad costera cercana a Barcelona. Desde su primera época en el fútbol holandés, Suárez viajaba regularmente a Barcelona. No era difícil verle en el Camp Nou.

A Messi, en cambio, resultaba casi imposible encontrarlo en la calle. Casado con Antonella Rocuzzo, su novia desde la niñez, el matrimonio tiene dos hijos. Leo Messi juega en el mismo equipo y vive en la misma ciudad desde hace 16 años, aunque algunos consideran que se trata de una certeza virtual.

"Muchas veces creo que Leo aterriza todas las mañanas en Barcelona, se entrena un par de horas y regresa inmediatamente a Rosario", solía comentar Andoni Zubizarreta, exdirector deportivo del Barça. No le faltaban argumentos para esa fantasía. Messi no utiliza jamás un modismo del castellano de España, ni del catalán. De hecho, como ocurría con el legendario Alfredo Di Stéfano, a los españoles les cuesta cada vez más entenderle. Habla como un rosarino irreductible, señal de su apasionada argentinidad, tantas veces cuestionada en Argentina.

Son tantos los dilemas que pesan sobre Messi, y el de la argentinidad no es uno cualquiera, que en ocasiones parece triste y abrumado. Todos sus méritos no le resultan suficientes para evadirse de las presiones que le acechan. Sus problemas fiscales le han supuesto la condena y una multa astronómica, una de las más altas decretadas contra un ciudadano en España. Su condición de temprano emigrante -se instaló en Barcelona con 12 años- le caracteriza como ídolo nativo en el Barça, donde ha transcurrido toda su carrera futbolística, y como eterno examinado en la selección argentina, donde sirve como coartada para todo, pero principalmente en las derrotas.

En 2014, antes y durante el Mundial, Messi trasladaba la imagen de un hombre abrumado por las preocupaciones. Por primera vez en su carrera se cuestionó su rendimiento. Multiplicó su fama de personaje misterioso, hermético. El fichaje de Neymar no había procurado el éxito previsto. Quedaba por resolver el enigma de Luis Suárez, contratado por el Barça no sin las protestas y las dudas de una parte de la hinchada. No había futbolista con peor reputación en el fútbol.

Foto: Reuters
Foto: Reuters

Suárez tardó en jugar en el Barça, apartado por una sanción que le impidió integrarse en el equipo hasta bien entrada la temporada. Como todos sus predecesores, una larga nómina que incluía a estrellas mundiales como Ronaldinho, Etoò, Thierry Henry, Ibrahimovic, Alexis Sánchez, Villa y Neymar, debía someterse al filtro de Messi, que meses antes había aconsejado el fichaje de su amigo Agüero, operación desmantelada por la imprevista renovación del argentino por el Manchester City.
Zubizarreta fue el dirigente que más se empeñó en contratar a Suárez. Sospechaba que elevaría la energía del equipo y de Messi. También valoraba su capacidad de adaptación. Cada año había mejorado su rendimiento. Del Groningen al Ajax y del Ajax al Liverpool, siempre en progresión. Y luego estaba su carácter de hombre pegado al suelo, sin artificios, dueño de una envidiable fiereza competitiva y de un saludable control del ego.

Por origen y por trayectoria, Luis Suárez nunca se ha dejado acomplejar por nadie, razón indispensable para ajustarse al juego y la personalidad de Messi, cuyo poder intimidatorio puede resultar letal, especialmente entre los futbolistas más jóvenes y sensibles. Suárez no figura en ninguna de estas categorías. Su oficio es marcar goles, toneladas de goles, y para eso no pide permiso a nadie. Tenía razón Zubizarreta. De entrada, el delantero uruguayo agregó la energía que se había disipado en el Barça. Luego añadió la circunstancia que tanto festeja el barcelonismo: trabó la mejor sociedad posible con Leo Messi, la personal y la futbolística.

Suárez se instaló con su familia en Castelldefells, muy cerca de la vivienda de Messi, suficientemente lejos de la ciudad, pero cerca del centro de entrenamiento del Barça. En el caso de Messi se trataba tanto de un lugar de residencia como de un refugio. Apenas se le veía fuera de la casa. Sentía que su condición de máxima estrella del fútbol, con toda la hojarasca que eso significa, le obligaba a la reclusión, favorecida por su retraído talante.

El uruguayo venía de otro planeta. Suárez era una estrella, desde luego, pero liberada de las ataduras que afectaban a Messi. Como él, había abandonado muy pronto su país, con apenas 19 años, acompañado por Sofía Balbi, novia desde la infancia, hacia un destino menos excitante que Barcelona. Fichó por el Groningen, en el inhóspito norte de Holanda, y comenzó a ganar metro a metro la carrera hacia el éxito. Hizo goles en el Groningen y muchos más en el Ajax de Ámsterdam, y no se detuvo en el Liverpool, donde llevó a los "Reds" de Anfield más cerca del campeonato de Liga de lo que nunca han estado desde 1990.

Suárez acreditó en la Europa sajona los méritos que le llevaron al Mediterráneo. No le cambió, sin embargo, ni su temperamento, ni una tranquila aproximación a su entorno. Siguió tomando mate y paseando a sus dos pequeñas hijos por los parques cercanos a su casa.

Según una leyenda que tiene mucho de verídica, la esposa de Messi se acercó un día hasta el parque donde Luis Suárez y Sofía jugaban con sus hijos. "¿Y Leo?", preguntó Luis. "Está en casa. Ya sabés que no le gusta salir", respondió Antonella. Inmediatamente, Luis Suárez llamó a Messi para garantizarle que no sufriría ningún agobio y pedirle que acudiera al parque para disfrutar en la calle con las dos familias. Y era verdad, nadie los molestó. Desde entonces, es habitual verlos juntos en escenas cotidianas para cualquiera, pero casi extravagantes para el anterior Messi.

Se ha aficionado Messi al mate y a disfrutar de momentos que antes no se permitía. Su amistad con Luis Suárez le ha liberado de algunos prejuicios. Su conexión en el campo está hecha del mismo material. Aunque al delantero uruguayo le sobra orgullo, sus rasgos predominantes son la ambición y la inteligencia. Conoce perfectamente sus virtudes y rara vez deja ver sus defectos en el campo. No tiene problema alguno en aceptar el magisterio de Messi y hasta de ironizar con sus propias carencias frente a su genial compañero.

Jugar con Messi es una bendición y un infierno porque no hay manera de escapar a las comparaciones y a la escrutadora mirada del jugador argentino. Han sido bastantes los que se han achicado o no han podido evitar la intimidación. Suárez, no. Sabe muy bien lo que significa Messi, pero sabe igual de bien lo que él significa para Messi y para el Barça: goles, combate, optimismo y unos recursos que revierten su fama de delantero sin refinar.

Si Messi es muchas veces un misterio indescifrable, Luis Suárez es el engañador que sorprende con goles y jugadas de una belleza imprevista. Juntos han edificado la mejor sociedad posible para el Barça y para el fútbol.

Foto: Prensa Barcelona.
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