BÁSQUETBOL

Uslenghi, Arenas y un emotivo retiro

Dejaron de arbitrar después de más de 30 años dedicados al básquetbol, pero tienen otro objetivo: formar.

Foto: Francisco Flores.
Uslenghi, Arenas y un emotivo retiro

Alberto Arenas (54) jugaba al básquetbol hasta que un día vio un aviso en “El Diario” para aspirantes a un curso de árbitros. Se inscribió, lo hizo, lo terminó y ahí empezó todo.

“Jugué al básquetbol, conocía el deporte y en una parte de la carrera como jugador no tenía muchas posibilidades de seguir. Vi ese llamado, me presenté y ahí arranqué con todo esto”, le contó Arenas a Ovación Domingo.

La formación que sus padres le dieron e inculcaron y el hecho de “perseguir la Justicia en muchas cosas de la vida” llevaron a un joven Alberto Arenas a meterse en un mundo del que nunca más salió y que difícilmente salga.

Cuando comentó en su casa la intención de hacer el curso, las sensaciones fueron encontradas: “Mi madre me apoyó incondicionalmente en todo lo que hacía, pero mi padre me dijo: ‘¡Estás loco! Meterte de árbitro...’. Después pasó el tiempo y tuve el apoyo de todos mis familiares y amigos”.

Héctor Uslenghi (50) jugaba al básquetbol de manera social y amateur en el Club Banco Mercantil y también en el Club Social Cultural y Deportivo Solymar, más conocido como “El Queso”, pero nunca se federó. Su tío, Román Uslenghi, arbitró en Uruguay, luego se fue a vivir a Argentina y hasta fue presidente de la Asociación Argentina de Árbitros de Básquetbol (AAAB). En verano venía de vacaciones a la Costa de Oro y sus cuentos acerca de la actividad que practicaba lo comenzaron a cautivar.

“Él venía en la licencia, se quedaba acá y contaba muchas vivencias que resultaban interesantes. También me llevaba al Cilindro, donde en aquella época se jugaba la Liguilla. El básquetbol ya me gustaba, pero ahí empezó a gustarme más el arbitraje”, le recordó Uslenghi a Ovación Domingo.

Pero no todo quedó ahí. En la Costa de Oro se jugaba un cuadrangular en verano y cada club debía presentar un árbitro para el torneo. Héctor era el de Solymar y con apenas 16 años, arrancó su idilio con el silbato, algo que se extendió al volley y al fútbol por un rato. “Cuando empezaron esos campeonatos me gustó el hecho de ser árbitro. Era como el juez oficial del torneo. Yo ya lo sentía como una vocación. Lo principal era el básquetbol, pero también me tocó ser árbitro de otros deportes alguna vez”, contó.

A LA CANCHA. Con 23 años y en el gimnasio de Capurro, Alberto Arenas arbitró su primer partido. “Era en la categoría Mini-Cadetes que ahora son las Infantiles. Fue con el ‘Ichi’ Isaac Glass (se retiró en 2015 luego de 37 años arbitrando). Ese domingo no me lo olvido más porque ahí comenzó una etapa que luego la fuimos desempeñando con mucho cariño por lo que hacíamos en las canchas”, recordó.

“Teníamos muchos nervios porque era algo nuevo. Ver cómo acomodarnos en la cancha, cómo ver a mi compañero, los criterios para señalizar hacia la mesa de control las distintas situaciones y faltas. Pero eso nos llevó a ir acostumbrándonos e incorporando todos los elementos que te da el arbitraje”, expresó.

Uslenghi tenía 19 años el día que le tocó debutar como árbitro de formativas. “Fue en la cancha de Malvín, en un partido entre Malvín y Atenas en Cadetes con Galeano, que era mi compañero. Ese domingo nos tuvimos que levantar muy temprano porque los partidos eran a las 9:45 de la mañana. Mi padre me acompañó y él estaba más nervioso que yo”, dijo Héctor, antes de recordar una de sus primeras anécdotas como árbitro: “Cuando terminamos el curso, Mario Hopenhaym, quien era nuestro profesor, nos regaló un silbato que se colgaba en un botón de la remera. Como no podíamos usar indumentaria oficial, teníamos un equipo gris y mi madre le cosió un botón a la remera para poder colgar el silbato y poder cumplir con el reglamento, pero determinado momento, después de cobrar una falta y hacerle las señas a la mesa de control, se me desprendió el botón y cuando quise acordar no tenía el silbato. Era terrible eso. Al ratito un jugador viene y me dice ‘Héctor, mire, acá está el silbato que se le cayó’. Imaginate la situación, primer partido y te pasa eso...”.

EL GRAN ASCENSO. En la época que Arenas y Uslenghi comenzaron, había varias categorías por las que debían pasar antes de llegar a Primera. Canchas complicadas, partidos de alto voltaje, insultos, cargadas, malos y buenos momentos marcaron el camino.

Alberto Arenas vivió experiencias de todo tipo. “Me acuerdo que en la cancha del Club Paysandú, un escenario complicado por el entorno, en un partido de Cuarta de Ascenso, había una vecina a la que no le gustaba nada el básquetbol y cada vez que se jugaba ahí, prendía un fuego, se ponía a quemar hojas en su casa y todo el humo desembocaba directo en la cancha. Entonces teníamos que jugar en medio de la humareda”.

En 1992, Héctor Uslenghi ascendió a la Primera categoría y le tocó impartir Justicia en un partido entre Aguada y Hebraica Macabi. “Ahí cambió todo. Pero era una sensación distinta porque representaba otro compromiso. No eran nervios por el debut, eran nervios de responsabilidad por estar en el nivel superior del arbitraje nacional”, contó el juez que entre 1998 y 2002 cumplió sus funciones en Brasil.

“Esa fue una experiencia espectacular. Me vinieron a buscar, pero no estuvo fácil porque había que lidiar con los árbitros de allá: llegaba un juez de otro país a sacarle el puesto a uno de Brasil. Algunos se lo tomaban bien y otros no tanto”, dijo Uslenghi, quien recordó una situación con Oscar, uno de los más emblemáticos jugadores brasileños: “Yo miraba bien desde dónde tiraba, si era de dos o de tres y un día se me para al lado y me dice: ‘Vos no mires desde dónde tiro yo, vos fijate que no me peguen en la mano”.

Arenas debutó junto a Roberto Fernández en 1995 en un partido entre Biguá y Olimpia en Villa Biarritz. “Fue un escalón importante porque se comenzaba a trabajar en un lugar más técnico y sobre todo, mucho más profesional. Era un gran desafío”, contó.

La peor situación de Arenas no fue en mayores sino en formativas: “Un día en cancha de Tabaré estábamos arbitrando un partido entre Tabaré y Goes y hubo un gran inconveniente que nada tenía que ver con nosotros, pero vino gente de afuera que no estaba mirando el partido y se fue derecho al vestuario de los jueces a pegarnos sin saber qué era lo que pasaba. Hubo corridas y todo. Fue difícil ese momento”.

Durante 31 años, Arenas y Uslenghi convivieron con jugadores, entrenadores, dirigentes e hinchas adentro de una cancha formando una relación que perdura. Ahora, planean ser parte de la Escuela de Árbitros de la FUBB para trabajar en la formación de nuevo talentos. “Sentimos mucho respeto siempre. Obvio que en algunos partidos la cosa se complicó con las hinchadas, pero el árbitro siempre debe estar concentrado. Por ejemplo, si un encuentro se jugaba a cancha llena en el Cilindro o el Palacio Peñarol, si te gritan sentís un murmullo que no te afecta, pero sí te pueden desconcentrar los gritos de una o dos personas en un gimnasio más chico”, dijo Héctor.

Pero eso ya quedó atrás. Arenas y Uslenghi se retiraron, emociones de por medio, del arbitraje, pero no del básquetbol, porque tienen pensado seguir dedicándole más horas de su vida a una verdadera pasión.

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