ENTREVISTA

El básquet y el periodismo según Peinado

“En Uruguay siempre dependimos de los talentos que surgían naturalmente”, dijo.

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Foto: Marcelo Bonjour.

A Carlos Peinado se lo puede identificar por haber defendido a Sporting, Gimnasia de La Plata, Bohemios, Hebraica y Malvín. También porque hoy es una de las voces periodísticas del básquet, en Tenfield, El Espectador y Punto Penal. Pero la imagen más gráfica es su presencia como capitán celeste, en lo más alto del podio o en el desfile olímpico. Vale la pena escucharlo.

Estoy en el básquet desde muy niño. Ni me acuerdo cuándo empecé. Acompañaba a mi padre, que fue técnico y periodista, y seguramente alguna pelota tocaba. Fui a la escuela Francia, mis abuelos me iban a buscar porque mis padres trabajaban y a la vuelta me dejaban en Sporting. Como era el responsable de la pelota siempre me la llevaba para casa. Al otro día volvía temprano y seguía jugando. Eso de practicar todo el día en algunos casos se perdió, pero ha cambiado mucho todo. Hoy se pasan horas con algún juego electrónico.

De chico tenía habilidad para todos los deportes. Fútbol, vóley en la playa, billar, ping pong. Pude ser también futbolista. Llegué a entrenar en Wanderers, del cual soy hincha y socio vitalicio. Era delantero. Pero agarré para el básquet. Empecé en selecciones cuando era menor. Luego estuve en juveniles y cuando no había cumplido 18 debuté con la selección mayor.

¡Qué equipo aquel de 1984! Se juntó mi generación, con Haller, Frattini, Wenzel, Barizo, y luego llegaron Tato López, Fefo Ruiz, Tito, Pierri, Núñez, Larrosa, Perdomo… Se empezó a generar todo en una gira en el año ’79, casi 40 días por Estados Unidos, con Slinger como presidente de la Federación y Etchamendi y Berardi como técnicos. Luego vino el Sudamericano del ‘81 en Montevideo con Uruguay campeón, la clasificación en el preolímpico de San Pablo para Los Angeles, cuando hacía 24 años que no se iba a unos Juegos Olímpicos. En Los Angeles hicimos muy buenos partidos y nos quedamos con el sexto puesto. Siempre nos dijimos que a medida que pasaran los años se iba a valorar más lo logrado. Lo mismo que con aquellas generaciones que subieron al podio en Helsinki y Melbourne. ¡Qué lejos estamos de eso!

Haber sido el abanderado en el desfile de Los Ángeles fue un orgullo para mí y para todo el equipo. Los desfiles eran más solemnes que los de ahora, donde van todos moviendo la bandera y sacándose selfies. Yo iba muy solemne. Mi familia me vio por televisión con gran emoción, especialmente mi abuelo, porque cuando aparecí pusieron un cartel presentándome con los dos apellidos, Peinado Stagnero, algo que acá nunca se usaba pero a él le recordaba a sus ancestros.

Cuando dejé de jugar, en 1994, dirigí a Biguá, pero no me fue bien. Creo que fue demasiado pronto. De los errores se aprende en la vida. En 1995 se hizo el Sudamericano en Uruguay y me invitaron a tener una participación como comentarista en Canal 10. Y me fue gustando el periodismo. Estoy muy cómodo, trabajando con gente con la cual me llevo muy bien.

El básquet siempre fue un poco anárquico en muchas cosas. Nunca se trabajó planificadamente. Uno miraba a otros países y se asombraba. Por ejemplo, en los países socialistas europeos si los cazadores de talentos descubrían a un joven de dos metros decidían si servía para el básquet, el vóley, el hándbol o el waterpolo. Aquí nunca hubo esa estructura y entonces dependíamos de los talentos que surgieran naturalmente, más allá de la capacidad que se podía tener en ensamblar los equipos. Así se encontraron los talentos de nuestra generación como antes la de Moglia o después la del ‘95 y ‘97 que logró dos sudamericanos consecutivos. Ahora se intenta armar algo diferente pero va a llevar mucho tiempo. Marcelo Signorelli, como cabeza de todas las selecciones, es muy trabajador y lo está haciendo bien.

Un problema que tenemos es que no hay estatura. El básquet arranca a la altura del aro, tres metros con cinco centímetros. Seguimos teniendo jugadores de uno ochenta y pico, algunos de uno noventa y con suerte alguno de dos metros. Los uruguayos descendemos de los españoles o los italianos. No tenemos ascendencia lituana o rusa, donde son todos altos.

Sigo pensando que el básquet ha crecido más tácticamente que en la técnica. Eso es un aspecto que debe cambiar. Uno no puede ir a trabajar fundamentos en la selección nacional, los tiene que haber traído de niño.

El básquet ha cambiado mucho. Todo es mucho más vertiginoso, los cambios de reglas permanentes le dan otra fisonomía al juego. De los 30 segundos de posesión que había cuando yo jugaba bajaron a 24 segundos. Es mucho, un 20%. Hoy la mayoría de los equipos tienen tres o cuatro jugadores abiertos, muchos de más de dos metros, y apuestan al tiro exterior. Todos se han ido acomodando a la reforma reglamentaria de la línea de tres puntos. Tanto que la acaban de correr, era de 6,25 y ahora son 6,75.

El básquet es más racional que el fútbol, donde a veces dominan las pasiones. A veces los hinchas de Peñarol o Nacional sueñan con campañas internacionales que solo se pueden pensar desde el apasionamiento. Si lo hacen desde la racionalidad sabrían que es muy difícil. El básquet es más racional desde el arranque, no se pueden vender espejitos. Se sabe hasta dónde se puede llegar en la competencia internacional.

Cuando yo jugaba, escuchaba la radio y leía todo lo que se decía de mí, pero no me afectaba la crítica. Uno sabe cuando juega mal o bien. Siempre tuve críticas con respeto y ahora busco hacerlas de la misma manera. Además, me gusta más hablar más del deporte que de lo que pasa afuera. Uno tiene que estar informado con las situaciones que pasan, como el reciente paro del básquet, pero prefiero hablar del juego.

El jugador de básquet siempre fue dejado de lado en las decisiones. Por ejemplo, sobre los reglamentos de pases o la forma de disputa de los torneos. El basquetbolista es muy especial: a veces no se involucra lo que debería. Es más de acción y reacción ante los problemas. Y entonces vienen los hechos consumados. También debería consultarse más a entrenadores y árbitros.

Era estrella del deporte y trabajaba para vivir.

“Cuando yo jugaba el tema del profesionalismo era muy diferente al actual. Conocí el fin del amateurismo marrón y el comienzo del profesionalismo, pero nunca viví del básquet, trabajé siempre. Primero en el Banco de Montevideo y después en una empresa constructora . Toda mi carrera como jugador la hice mientras trabajaba”.

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