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Abrió la puerta y se metió. Y no fue de atrevido. No, por el contrario, fue porque le correspondía hacerlo después de haberle llenado la valija de goles a su rival en Montevideo. Entonces, en Caracas, Peñarol dio el paso hacia adentro de la fase de grupos de la Copa Santander Libertadores con tranquilidad. Con facilidad y confianza.
Obviamente que todo comenzó a gestarse a partir del 4-0 que se tenía a favor. Es que teniendo la certeza de que plantándose bien, jugando armadito, no abriendo brechas entre sus líneas a los venezolanos les iba a ser imposible modificar un panorama negro. Peñarol copó el campo.
Sí, hubo alguna acción por la zona derecha de su defensa, en la que fundamentalmente se distrajeron Juan Álvez y el botija Sebastián Cristóforo o llegó tarde el "Lolo" Estoyanoff para dar una mano, en la que se pudo producir algún dolorcito de cabeza, pero quedó clarísimo que Peñarol fue el dueño de las acciones.
Los muchachos de Gregorio Pérez tomaron el control del partido y con ese dominio borraron con categoría cualquier sueño venezolano de poder concretar un milagro.
Mucho más cuando una jugada espléndida entre Marcelo Zalayeta, Rodrigo Mora y el "Lolo" terminó con la pelota contra el caño derecho del arquero Vega.
Golazo, marcador de 1-0 a su favor e invitación generalizada para los fanáticos locales para que buscaran otro destino a la noche, porque no iba a producirse ningún festejo en el estadio.
A partir de ahí, impulsado por un tanteador cómodo, llegaron las mayores garantías para seguir cuidando el arco y dejar que Caracas procurara venirse arriba. Alguna ventajita apareció y los contragolpes bien pudieron machacar mucho más el ánimo del anfitrión.
No fue posible, pero nada ni nadie podía ser capaz de alterar el destino final de la serie. Muchísimo menos cuando no se pisaba el área rival.
Es que Caracas jamás pudo demostrar la capacidad como para vulnerar la resistencia de Carini y, entonces, mucho menos iba a ser el responsable de una debacle aurinegra, porque para evitar su clasificación tenía que meterle seis goles.
El empate llegó con un golpe de cabeza tras una jugada de pelota quieta, como para que al menos se pudiera decir que de locales no perdieron el cotejo, pero la diferencia entre los equipos fue mayúscula.
Es cierto, ya la distancia mayor se había tomado en Montevideo. Ayer, entraron al grupo sin pedir permiso.
Hizo un golazo y participó en las mejores jugadas del ataque.
Seguro, atento para anticipar y cerrar espacios. Impasable.
El País Deportivo
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